Antigestión y antiestrategias del monopolio taurino

Los responsables de las corridas de toros en la Ciudad de México le dieron la espalda a la fiesta brava. En lo que va de la Temporada Grande han mantenido sus carteles cuadrados. Ante el hecho de que la tauromaquia de México está reducida a tres o cuatro apellidos importados que torean bonito, vale la pena preguntarse si la Cuarta Transformación habrá considerado una reforma que sea capaz de rescatar esta tradición mexicana.

El poder conmina a creer, sólo falta que el desempeño de los poderosos logre convencer. Si la fiesta de los toros es reflejo y termómetro del país donde está inmersa, habría escasas posibilidades de que esa tradición mexicana, con casi medio milenio de existencia, pudiera desmarcarse de la ideología neoliberal y globalizadora-uniformadora que impera en décadas recientes.

A un país prendido con alfileres –sin compasión por sí mismo, no sólo en el sentido de condolerse, sino de manejar el compás, de fijar dirección y mantener el paso y el rumbo– inevitablemente ha correspondido una fiesta de toros con alfileres en manos de poderosos y trivializada y al garete no por su esencia, sino por la irreverencia de sospechosos promotores.

De ser el otro protagonista de la función taurina, el astado fue reducido a dócil comparsa de la tauromaquia posmoderna: torear bonito a un animal desbravado y de comportamiento predecible, con el que una estética superficial y mecánica sustituyó a una ética esencial y azarosa que demanda disposición al heroísmo y un cabal dominio técnico, hoy tan esporádico como en el resto de las actividades. 

En su descargo, el público tiene escasas posibilidades de formarse.

A este libreempresismo autorregulado hay que añadir la desentendida o abiertamente cómplice actuación de unas autoridades omisas que, arguyendo frentes de batalla prioritarios, dejaron a las aptitudes y criterio de estos sospechosos promotores, adinerados pero insensibles y sin rigor de resultados, la suerte del espectáculo taurino, volviendo prácticamente letra muerta la observación de su reglamento y reduciendo a convidados de piedra sucesivas comisiones taurinas del Gobierno de la Ciudad de México.

Mismos criterios  

Con idénticos esquemas a los de la ineficiente empresa anterior –de Alemán–, la actual –de Baillères y Sordo– continúa ofreciendo en la Plaza México, durante la llamada Temporada Grande, carteles redondos y cuadrados, esto es: desequilibrados e inequitativos que no toman en cuenta los niveles de desempeño ni merecimientos de toreros nacionales y plegándose a las exigencias de comodidad de los diestros importados que figuran desde hace dos décadas ya sin mayor capacidad de convocatoria, comprobándose de nuevo que los propios empresarios y sus operadores ejercen el antitaurinismo más dañino.

A los “nuevos” promotores tampoco les preocupa tener entradas de 4 mil asistentes, en promedio, en una plaza de toros con capacidad de 42 mil personas en la Ciudad de México, donde existen 10 millones de habitantes, gracias a su pobre oferta de espectáculo, sin cara ni productos para intentar una publicidad atractiva y agresiva. 

A cambio, instruyen a la crítica alineada para que invite al público a asistir a la plaza como “la mejor forma de apoyar a la fiesta brava”, es decir, a su pobre concepto de fiesta, de bravura y de competitividad.  

En la quinta corrida, con otra pobre entrada, alternaron el español Antonio Ferrera y los mexicanos Jerónimo y Juan Pablo Sánchez ante un encierro de Santa Bárbara, manso y escaso de fuerza, que a los alternantes sólo permitió algunos pasajes de interés. 

Afortunadamente saltó al ruedo Abuelo, fijo, noble, con recorrido y repetidor, segundo de Ferrera, con el que el maduro diestro –de 40 años y con 21 de alternativa– pudo expresar sentimientos, histrionismo y una tauromaquia más bien basta. Como si anduviera en las Baleares, su tierra, se alcanzó la puntada de hacer señas al juez para que la res fuera premiada con vuelta al ruedo. Poco faltó pues se ordenó arrastre lento.

El 12 de diciembre se efectuó la Corrida Guadalupana con un desfile de descreídos no sólo hostiles a la fe religiosa, sino, peor aún, a la fe en sí mismos, en el toro de lidia y en el público que hizo algo más de media entrada. 

No hubo sorteo y cada alternante –Morante de la Puebla, Joselito Adame, Sergio Flores y Andrés Roca Rey– trajo dos toros mansos, chicos y deslucidos los más, que multiplicaron el tedio, salvo la joven figura peruana Roca Rey con el cierra plaza, rescatando la función del naufragio con un toro terciado, pero emotivo de Jaral de Peñas al que sometió y templó en estructurada labor. Dejó un estoconazo, recibió dos orejas y salió en hombros. 

En otros tiempos el público quema la plaza.

“Descubrimientos” obvios

En el séptimo festejo debutó el hierro zacatecano de Boquilla del Carmen, se despidió de los ruedos el jerezano Juan José Padilla luego de 24 años de matador, 39 cornadas y la pérdida de un ojo, recibiendo sentimental oreja, y Arturo Saldívar, segundo espada con el mejor lote, reiteró que en él hay un torero de primer nivel al realizar dos magníficas faenas ante reses cuya embestida exigían quietud, colocación y sentido de la distancia para mandar, templar y ligar como él lo hizo. 

Cuando el público pedía emocionado las orejas de su primero, el ahora exigente juez soltó sólo una. La soberbia faena que estructuró a su segundo, empañada con dos descabellos, debió premiarse por lo menos con una vuelta al ruedo. Más corridas y carteles de mayor compromiso merece este encastado, inteligente y carismático Arturo Saldívar.  

Una de las tardes más toreras y emocionantes del serial ha sido la octava, en la cual ante un fuerte, muy bien armado y exigente encierro de Barralva, de encaste español Atanasio Fernández, el tapatío Alfredo Ríos, El Conde, se despidió de los ruedos, alternando con los tlaxcaltecas Uriel Moreno, El Zapata, y José Luis Angelino. 

El Conde, otro diestro mal aprovechado no obstante su personalidad y amplio repertorio en los tres tercios, tuvo una buena despedida al cortar un apéndice de su primero y llevarse otro del que regaló. El Zapata, relegado también por el sistema y al que por su tauromaquia recia y variada rehúyen invariablemente los importados, desplegó torería, dominio y entrega para cortar merecida oreja de su primero. 

Y Angelino, con celo y sello, toreó superior de capa, banderilleó con dramatismo, sometió la fuerte embestida y mató de soberbio volapié, para obtener una oreja de primer mundo. ¿Por qué la empresa reúne a estos buenos toreros en un cartel cuadrado y no se atreve a ponerlos con los importados? ¿Qué beneficio acarrea ese criterio? ¿De quién provienen las superiores órdenes?

La novena corrida, exclusivamente con rejoneadores y forcados, alcanzó un alto grado de emoción gracias al bravo encierro de Enrique Fraga, de encaste Parladé, al buen desempeño del potosino Jorge Hernández Gárate, del capitalino Emiliano Gamero, del colombiano Andrés Rozo y de las valientes pegas de los forcados de Montemor, Portugal, y de Mazatlán, México, así como al bellísimo deletreado quite por caleserinas y media de rodillas del sobresaliente Paulo Campero al segundo toro de Rozo. ¿Dónde veremos torear a Campero?

En la décima función y enésimo cartel cuadrado Fabián Barba, pundonoroso y entregado donde los haya, pero sin méritos para alternar con figuras importadas, según la empresa; Ernesto Javier Calita, que regresaba a la Plaza México luego de nueve años de alternativa y sucesivos triunfos en los estados y en el extranjero, y Diego Sánchez enfrentaron un enrazado encierro de Rancho Seco en otra lastimosa entrada luego de que las empresas más adineradas de la historia redujeron la fiesta de toros de México a tres o cuatro apellidos importados que torean bonito. A antitaurinos y animalistas no se les hubiese ocurrido tan eficaz fórmula.

Después de haber conseguido una oreja por sobria y convincente faena a un toro que exigía mando, distancia y valor sereno, y de no tener suerte con su soso segundo, Barba decidió regalar un toro corraleado o con mucho tiempo en los corrales, por lo tanto incierto de salida, de Monte Caldera, y cometió la imprudencia de intentar una larga cambiada en los medios, sufriendo una doble cornada en glúteo y escroto. Son las ganas de ser sin el criterio para estimular.

Calita, por su parte, tuvo una tarde redonda al desplegar una tauromaquia sólida, poderosa y elocuente –incluso hizo lucir lo deslucido– de inmediata conexión con el público. Cortó la oreja de su primero y de uno de regalo, pudiendo haber cortado la de su segundo si no falla con la espada.

Ante un bien presentado encierro de San Mateo, con el trapío y las exigencias de la edad, en la undécima corrida Federico Pizarro dijo adiós a los ruedos cortando la oreja de su segundo; Gerardo Adame confirmó sus muchas cualidades estando muy bien con su primero y superándose en medio de un aguacero con su segundo, el mejor del encierro, al que la espada le impidió desorejar. Fermín Rivera fue pero no supo estar.

Reveladora en muchos sentidos resultó la doceava tarde de otra temporada como grande, ya que el ganadero Fernando de la Mora mandó un paquidérmico encierro que promedió 604 kilos de peso, pero además soso y descastado no por haber confundido tonelaje con trapío, sino para intentar reparar viejas culpas luego de tantos años de apostar por el utrero. 

Olvidó que entre el elefante y el ratón está el elefón, un toro de lidia mexicano con cuatro años cumplidos y un peso de entre 470 y 500 kilos como máximo. Lo demás es imitar fenotipos para demostrar que el “toro ideal” debe tener tres años, ser escurrido de carnes, acudir al caballo por su pujal o puyazo fugaz en forma de ojal y pasar con docilidad rayana en la bobería, para que figurines importados les corten el rabo y jueguen a la apoteosis. 

Futuro preocupante

Soberbios y poderosos, con debilidad por importar ases como taquilleros, en lugar de invertir en los buenos toreros que hay en México, sin preocuparse del público ni del reiterado rechazo de éste a su repetitivo esquema, confiados en críticos zalameros y en medios que aplauden su mediocre desempeño y “arreglados” con las “nuevas” autoridades en la alcaldía de Benito Juárez, los actuales gestores de la Plaza México lograron lo que parecía imposible: superar a la empresa que los antecedió, ampliando el doble distanciamiento gobierno-fiesta y fiesta-sociedad.

Lo grave es que ese logro ha sido a costa de la tradición taurina de la capital y del resto del país, cuyas autoridades prefieren llevar la fiesta en paz por lo menos desde hace un cuarto de siglo, en tanto que los sospechosos criterios de gestión, sin propósitos de innovación, apenas son cuestionados y no precisamente por los más perjudicados, hechos ya a la idea de un fatalismo taurino inalterable.

Entonces, cabe preguntarse si la monopolizada fiesta de los toros tiene en México un futuro menos oscuro –en España es controlada por la misma tauromafia que maneja el resto de los despachos taurinos, en una globalización tan insaciable e imprevisora como la otra–, si podrá romperse el añejo silencio de ganaderos, matadores, subalternos, crítica y autoridades ante una gestión adinerada pero irresponsable e insensible, y si la llamada Cuarta Transformación habrá considerado una reforma en materia taurina que sea capaz de rescatar a la fiesta de toros de las injusticias, los abusos y el impune secuestro de la que ha sido objeto. Pronto lo sabremos.