“Ohtli /Camino”: el náhuatl en la educación escolar

Como los pájaros pardos que habitan en la Ciudad de México, la lengua náhuatl de esta ciudad pasa desapercibida a nuestros oídos, y la educación monocultural pareciera reafirmar su inexistencia. La realidad es otra y nuestras raíces están por todas partes; en la lengua, en la cultura, en nuestras costumbres y en la marginación de nuestro pueblo.

Ohtli, que en español significa camino, es una obra de teatro, escrita y dirigida por Jennifer Moreno, que despliega diferentes aristas sobre esta problemática y nos llena de sonidos, palabras y presencias para confirmar la existencia de otros lenguajes y culturas en nuestro país. En un juego sonoro y a media luz, la obra inicia con la mención de los idiomas existentes: el zapoteco, tzotzil, maya, tzeltal, mixteco, totonaca, chontal, guarijío… Y en voz baja y en secreto se nos insertan para mantenerlas presentes a lo largo de la obra.

Ohtli/Camino, de la compañía La Paradoja del Gato, da testimonio de la educación monolingüe a partir de la experiencia de Santos de la Cruz, educado en una lengua que no era la suya, y que participó en el proceso creativo de la obra. Sus vivencias escolares se ven plasmadas en diversas escenas, al igual que escuchamos el poema “Camino a Xochitepec” y el relato de Minash, escritos por él en náhuatl.

Las bancas de la escuela apiladas en una torre (que se usan cuando es necesario), las tarimas convertidas en pizarrón, muro o nido, y un triturador por donde desaparecen todos los papeles, son los elementos con que la directora construye eficaz y poéticamente el espacio escénico. Es cálido y nostálgico, mínimo y dinámico. Los cuatro actores que interpretan a los niños de la clase y a la maestra que les enseña son: Adriana Reséndiz, César René Pérez, Gherardo Uscanga y la autora. La relación entre ellos y la confrontación con la idiosincrasia de los niños son de las escenas más contundentes de la obra. Desde la sencillez de los temas se abre el universo infantil. La burla de no poder pronunciar la erre, porque en el náhuatl no existe; el que las niñas se pinten la cara más oscura, o cuando el niño busca el color carne para colorear su dibujo (aunque sus compañeros le insistan que el color que necesita para pintarle la cara es el café), son momentos de gran conexión con el público. Parecieran bien definidos los personajes pero son desaprovechados en la construcción dramática. Podrían haberles dado continuidad y fuerza para convertirlos en guías fundamentales en el desarrollo de la obra. 

Una de las escenas escolares más valiosas, es el intercambio de ideas que tienen con la maestra respecto a la afirmación que ésta hace de que el agua no es un ser vivo. El contraste del pensamiento científico frente al pensamiento mítico ejemplifica claramente las diferencias culturales y nos hace reflexionar en la insistencia de la voz de Santos, interpretada por uno de los actores, en cómo el agua sí habla, sí se muere y sí se relaciona directamente con las personas. La metáfora del gorrión es igualmente significativa y es con la que abre y cierra la obra.

Estas escenas trabajadas con sensibilidad se entrecruzan con ingeniosos juegos escénicos que dan datos sobre la educación monolingüe y el diseño sonoro de Carlos Gómez Matus, compuesto por múltiples tesituras que construyen un poderoso ambiente sonoro.

Ohtli/Camino, que se presenta en el Centro Cultural del Bosque, es una buena oportunidad para adentrarnos poéticamente en lo sustancial de las lenguas indígenas en nuestro país y valorar las raíces que nos dan identidad.