“Clímax”

En pleno invierno, a mediados de los noventa, un grupo de bailarines se reúne en una escuela abandonada para ensayar, discutir y festejar, con sangría a discreción, el retiro organizado por la coreógrafa (Sofía Boutella); comienzan a patinar cuando descubren que, además de fruta y vino, alguien agregó LSD. Los instintos se desatan, angustia y miedo, de ahí el desenfreno, entonces comienza la verdadera fiesta.

Fiel a su fama de provocador, el argentino emigrado a Francia, Gaspar Noé, organiza un reventón con bailarines no actores para experimentar con cuerpos y emociones en estados alterados de conciencia. Clímax (Bélgica-Francia, 2018) funciona como un laboratorio donde los tubos de ensayo son cuerpos sometidos a extremos de placer y dolor; en vez de una pareja, como en sus cintas anteriores, un grupo de incautos se somete al efecto de una sustancia que funciona como droga de la verdad, y si ya de por sí la situación a dos era insoportable, en conjunto se convierte en infierno.

A la manera de Godard, Clímax desarticula el lenguaje cinematográfico para proponer una nueva gramática, donde las frases funcionan como espacios; lo actores se presentan, uno por uno, hablando de sí mismos en una pantalla de T.V. antigua encuadrada con copias de VHS que anuncian gustos e influencias, mirada de coleccionista, del director, especie de claves que van resonar a lo largo de la trama; Harakiri, Taxi driver, Saló (Passolini), Un perro andaluz, clásicos de cine con catarsis sangrientas.

En su estructura, Clímax se mira como una coreografía que va del orden al caos, con una transición, o pas de deux, que permite conocer a los personajes en parejas y en tríos, sus motivaciones y miedos; la danza incluye a la cámara que por momentos flota en picada, baila sin un eje claro, y termina por concentrar su movimiento a medida que personajes y situaciones se condensan. Los bailarines de Clímax practican el llamado electro crump, danza callejera vigorosa y apasionada. La idea que flota y baila al parejo con ellos, es la del viejo esquema de lo apolíneo contra lo dionisíaco (un libro de Nietzsche figura justo al televisor), visión acerca de lo humano que Gaspar Noé conduce más hacia lo grotesco que a lo trágico.

Todas las películas de Noé deberían llamarse Clímax: el sexo, con dosis de droga y violencia, son experiencias poco imposibles de controlar; temas incansables en su cine son el orgasmo, más cerca del furor que del éxtasis, el horror que surge ante una realidad hecha añicos, la sensación de que todo es una mera construcción absurda, y la generación de vida, un mero flujo eléctrico (Enter de Void, 2009). Y como de costumbre, justificado por un aparente discurso contra la violencia, el cuerpo femenino machacado es el que más la paga.

Como película, Clímax se apoya en una concepción del cine como arte de la extravagancia, el trabajo de Noé tiende a dejar agujeros y a poner parches innecesarios, tendencia evidente a partir de Irreversible (2002), Solo contra todos (1998), su primer largometraje es una cinta capaz de escandalizar pero aún académica; representar el exceso, el delirio de los sentidos, cuerpos y emociones en acción centrífuga, requiere de un pulso firme y mucha paciencia. Noé es un director brillante pero apresurado, el rodaje de Clímax apenas tomó tres semanas, y se nota.