La extinción amenaza a los rohinya

Bangladesh fue un lugar seguro para los musulmanes rohinya a mediados de 2017, cuando el gobierno birmano (de mayoría budista) desató contra esa etnia una campaña de exterminio. Pero un año y medio después las autoridades bangladesíes han dejado de interesarse por la tragedia de ese pueblo, víctima de horrores inenarrables, y ya están pensando en hacerlo regresar a sus tierras originarias, en Birmania, donde el único destino que le espera es la aniquilación.

Cox’s Bazar, Bangladesh.- Cuando le preguntan por sus hijas, Rasheed Ahawad prende un encendedor, mueve la llama de un lado a otro y grita “¡petrol, petrol!” mientras simula con las manos el fuego de una hoguera. Pero cuando ve que ni los gestos ni las pocas palabras que sabe de inglés son suficientes para explicar su horror, suelta una parrafada en chitagoniang, la lengua de los rohinya. Y entonces rompe a llorar.

“Dice que los soldados birmanos rociaron su casa y las de sus vecinos con gasolina y les prendieron fuego”, aclara el traductor, un muchacho que colabora con una ONG local en el campo de refugiados rohinya de Balukhali, muy cerca de la frontera de Bangladesh con Birmania. Rasheed se seca las lágrimas con desespero y habla ahora más fuerte.

–¿Qué dice?

–Que aquel día el ejército de Birmania quemó a tres de sus hijas en esas hogueras. Antes las violaron y las decapitaron.

–¿Él lo vio?

–Sí, escondido en el bosque. Quiso intervenir pero sus otros hijos se lo impidieron, porque si salía, lo mataban.

Ellas tenían 25, 22 y 18 años; pero no fueron las únicas víctimas. Rasheed, quien dice tener 59 años y a ratos se acaricia una perilla larga y canosa que le baja hasta el pecho, calcula que al menos unos 90 habitantes de su aldea –que tenía unos 200– también fueron empapados de combustible y tirados al fuego después de ser asesinados por las fuerzas birmanas. Mujeres, hombres, ancianos, niñas y niños rohinya.

Y su relato podría ser el de todo un pueblo. Hace casi dos años la persecución contra los rohinyas –que pese a haber habitado varios siglos el mismo lugar no tienen estatus de ciudadanos y son considerados inmigrantes ilegales– se intensificó en el estado de Rakhin, en el oeste de Birmania, después de que, a modo de protesta, el Grupo Insurgente de Liberación Rohinya (ARSA) atacara varios puestos fronterizos.

La respuesta de las autoridades fue despiadada. Desde entonces, esta comunidad musulmana ha sido víctima de una brutal limpieza étnica a manos del gobierno birmano, de mayoría budista, que ha empleado la violencia para destruir sus aldeas y expulsarlos de sus hogares. Casi 90% de los rohinya han desaparecido de la región. Unos fueron asesinados; otros huyeron para salvar la vida.

La mayoría de estos supervivientes llegó a Bangladesh, que en la zona de Cox’s Bazar –en el sureste del país– acoge a más de 1 millón de rohinyas en precarios campos de refugiados: chozas y más chozas que se amontonan sobre colinas deforestadas y fangosas. Prácticamente todas las llegadas se produjeron de golpe a mediados de 2017, pero todavía hoy siguen llegando algunos de los pocos rohinyas que quedan en Birmania.

Aunque el silencio y el olvido internacional se ensañan con ellos, el pasado agosto la ONU admitió que tal persecución presentaba indicios para calificarse de genocidio. Cada día que pasa hay menos dudas: la campaña del ejército birmano tiene como objetivo limpiar Birmania de rohinyas y por eso los militares –ayudados por milicianos budistas– destruyeron sus propiedades y quemaron viviendas y aldeas enteras, no sólo para ahuyentar a la población sino también para evitar que las víctimas regresen.

“La destrucción de hogares, terrenos, reservas de alimentos, cultivos, ganado e incluso árboles hace que la posibilidad de que los rohinya vuelvan a la vida normal sea casi imposible”, decía uno de los últimos informes de la ONU, que recordaba que también ha habido un plan para “extinguir el imaginario, la historia, la cultura y el conocimiento rohinya”.

Miedo a la repatriación

En el campo de refugiados de Jamtoli, a unos seis kilómetros de la frontera con Birmania, las heridas todavía están frescas. Como en el resto de los campamentos rohinya de Bangladesh, sólo hace falta caminar unos minutos por sus sendas para darse cuenta de que prácticamente todos los refugiados están marcados por el horror: madres y padres que, como Rasheed, vieron morir a sus hijos; niños que huyeron mientras escuchaban cómo asesinaban a sus padres; mujeres violadas y hombres mutilados; ancianos y jóvenes que enloquecieron al ver tanta crueldad. La lista de atrocidades es infinita.

En un lugar de Jamtoli unos 20 hombres esperan que salga agua de una de las fuentes para llenar garrafas y llevarlas a sus tiendas. Están en silencio, muchos con la mirada perdida. Todos ellos, excepto uno, han perdido familiares por los ataques del ejército birmano. Pero cuando el reportero pregunta el nombre de algunos de esos hombres, para anotar su testimonio, el ambiente se vuelve tenso y extraño. Empiezan a hablar chitagoniang entre ellos y el tono de la conversación va crispándose.

–¿Qué pasa, Raza?

Raza, un joven refugiado rohinya que hace de traductor, escucha sin perder detalle la discusión del grupo.

–Algunos dicen que no creen que seas periodista. Piensan que eres un representante del gobierno birmano y que quieres saber sus nombres para obligarlos a volver a Birmania.

Esta reacción retrata el ambiente que atraviesa el éxodo rohinya en Bangladesh. Aunque prácticamente todos los refugiados desean volver algún día a su tierra, saben que éste no es el momento. “No volveremos si no se garantizan nuestra seguridad y nuestros derechos… y por ahora no es seguro ir, porque volverían a matarnos”, afirma uno de ellos después de aclararse el malentendido. 

Pero cada día crece el miedo a ser obligados a regresar a Birmania. Saben que desde hace meses los gobiernos de Bangladesh y birmano trabajan en la sombra para iniciar el proceso de repatriación de al menos una parte de los rohinya; argumentan que la situación en la región de los campos de refugiados es insostenible. 

De hecho el pasado 15 de noviembre las autoridades de Bangladesh ya lo intentaron. Días antes presentaron listas donde aparecían los nombres de al menos 2 mil 200 rohinyas que debían retornar a tierras birmanas. La maniobra se frenó por la oposición de los refugiados y la presión de muchas ONG y organizaciones internacionales, que reiteraban que Birmania todavía no es suelo seguro para esta comunidad.

Pero esa tentativa dejó entrever una actitud, una política, que desde el gobierno bangladesí se trata de ocultar: las repatriaciones forzadas. Y es que aunque la versión oficial defiende que las personas que aparecían en las listas se ofrecieron voluntariamente, el relato de los rohinya refuta esa versión. 

“El ejército de Bangladesh nos dio las listas de las personas que tenían que ser repatriadas. Parece que las listas las dictaron, sin opinión alguna de los afectados, las autoridades birmanas”, apunta el líder comunitario de uno de los bloques del campo de refugiados de Balukhali, al lado de Jamtoli. 

Muchas familias, que prefieren no revelar su identidad, recuerdan que vecinos y conocidos suyos de los campos de refugiados los fueron a buscar para decirles que sus nombres aparecían en las listas que acababan de ser publicadas. Ellos no tenían ni la menor idea de esto y tampoco habían dado su consentimiento para que así fuera.

Durante los días previos al 15 de noviembre, y según parte de los rohinya afectados, el ejército de Bangladesh inició una campaña de presión, amenazas y coacciones para exigir estas repatriaciones. Se duplicaron la presencia militar, los controles, los registros en las entradas y salidas de los campos y hasta se prohibió que los rohinya fueran de un campamento a otro. 

El clima es particularmente tenso en el campo de Jamtoli, donde vive la mayor parte de familias que tenían que ser repatriadas. Parece que es en este campamento donde está previsto que comience todo. Por este motivo, muchos rohinya huyeron de Jamtoli hacia otros campamentos, como el de Kutupalong, donde se respira más tranquilidad.

En uno de los caminos principales de Jamtoli, un grupo de niños corretea tras una pelota hecha de bambú. Cuatro ancianos toman café tirados en el suelo polvoriento de una explanada y algunas niñas y mujeres lavan ropa en las aguas turbias y opacas que bajan por un riachuelo. Hoy es día festivo, la presencia militar ha disminuido y por este motivo el reportero pudo acceder a este campamento. Antes era imposible. 

“Es parte de su estrategia… el gobierno de Bangladesh no quiere periodistas en Jamtoli porque no quiere que se sepan sus planes de repatriación”, advierte un voluntario bangladesí que prefiere mantener el anonimato. 

En el interior de una húmeda choza de bambú, Mohamed Alom masca hoja de betel, un estimulante muy popular en la región. Tiene 30 años, es uno de los líderes comunitarios del campo y también confirma la existencia de estas listas no voluntarias, la presión del gobierno bangladesí y el miedo de sus vecinos. 

“Las últimas informaciones apuntan a que volverán a intentarlo pronto”, asegura Mohamed Alom, quien añade que su aceptación a la repatriación no es sólo cuestión de seguridad. “Birmania no sólo ha masacrado a nuestro pueblo, sino que también nos ha dejado sin pueblos”.

Hablando en plata, la comunidad rohinya lo ha perdido todo: sus cultivos, sus casas, sus empleos… y es por eso que ahora, para volver a Birmania, necesitan garantías de que van a recuperar al menos una parte de su vida pasada. 

“Si no, ¿qué va a pasar? ¿De qué viviremos? ¿Dónde?”, se le acumulan las preguntas a Alom, quien opta por concluir con un suspiro desesperanzado. “Queremos más que nada volver a nuestra casa… pero para vivir en paz, como seres humanos”.

Violencia sin freno

Mientras tanto –y como entrar en el estado de Rakhin es casi imposible para los periodistas internacionales–, una de las pocas formas de saber qué pasa actualmente en la zona es por medio de las voces de los rohinyas que acaban de escapar de su hogar y llegan a Bangladesh. 

Fanjina, de 20 años y rostro cansado, es una de ellas. Mientras adormece con cierta desidia a uno de sus dos hijos, explica, casi susurrando, que huyó de Birmania hace sólo 15 días. “Creo que lo han matado”, contesta cuando le preguntan por su marido. Con el llanto en la garganta explica que hace 20 días los soldados llegaron a su aldea, detuvieron a su marido, de 25 años, y se lo llevaron.

Cuando ella se acercó a los uniformados para pedir alguna explicación le propinaron una paliza. “Mira, aquí… y aquí… y aquí”, dice mientras señala con las manos las cicatrices, aún frescas. “Hoy en día hay muchas detenciones de este tipo… normalmente nunca se vuelve a saber nada sobre los detenidos. La excusa del gobierno para llevárselos es acusarlos de formar parte del ARSA, pero realmente sólo quieren asesinarnos”.

Describe que la realidad en Rakhin sigue siendo peligrosa. Corrobora los peores augurios de los rohinya. Los soldados controlan todas las aldeas que aún quedan en pie, no dejan salir de ellas a los rohinya y a menudo saquean sus casas. Y, como hace un año, roban, violan, golpean y matan.

–¿Por qué decidiste esperar y no escapaste cuando lo hizo la mayoría?

Su cara de niña dibuja una expresión todavía más pensativa. Mientras, el bebé mama con hambre la poca leche que, dice, le sale de sus pechos.

–Tenemos dos hijos pequeños. No podíamos abandonar nuestra casa, nuestras tierras, nuestras vacas… lo necesitábamos para comer.

El niño lloriquea ajeno al relato de su madre.

–Pensábamos que si esperábamos un tiempo, la situación mejoraría.