Testimonios desde los celulares

Mohamed Muslim lleva escondida en el bolsillo toda la barbarie contra un pueblo. Su pueblo. Cae la noche en el campo de refugiados rohinya de Jamtoli, y camina discreto, prudente, acompañado de dos amigos. “Justo ayer se me estropeó el celular, pero lo tengo todo aquí”, dice el joven de 16 años mientras muestra en la palma de su mano una diminuta tarjeta SIM.

Uno de los compañeros le presta su celular para que introduzca la tarjeta. Tras unos segundos aparece en la pantalla el primer video. “Mira, por favor”, susurra Mohamed. 

Las imágenes son escalofriantes: se ve una aldea rohinya minutos después de haber sido arrasada por el ejército birmano. Hay manchas de sangre por el suelo, restos humanos, trozos de cabello, ropa de las víctimas y silencio, mucho silencio. El segundo video es similar: Mohamed, que es quien grabó las imágenes, camina durante tres minutos por su localidad y alrededores. Sus pasos se van cruzando con más sangre, más ropa abandonada, y más restos humanos. 

“Los soldados mataron a todos los rohinya que pudieron… disparaban, cortaban cabezas, incendiaban casas. Cuando terminó todo, se llevaron los cadáveres con camiones”, recuerda Mohamed, y explica que, como otros vecinos, él vio todo escondido en el bosque. 

“¡Mira, mira!”, insiste. Es otro video y en él se ve el cadáver de un muchacho de su edad, bañado en sangre, con la cabeza partida, reventada. “Era amigo mío… íbamos juntos a clase, jugábamos juntos”.

Ahora, casi un año después de haber registrado estas imágenes, las protege como si fueran un tesoro. “No lo pensé mucho… después de ver todo lo que el ejército birmano nos acababa de hacer, supe que tenía que sacar el celular y grabar al menos las huellas para poder denunciarlo y mostrarlo a periodistas como ustedes. El mundo tiene que saber lo que nos han hecho”, argumenta.

En plena época de esplendor de internet y de los smartphones, muchos rohinya emularon la decisión de Mohamed y utilizaron sus celulares para grabar los resultados de los ataques del gobierno birmano contra su comunidad, instantes después de que sucedieran. De hecho, en los campos de refugiados de Bangladesh no es difícil encontrarse con rohinyas que como él, guardan en sus teléfonos estos videos. 

Hubait Khan, de 19 años y sonrisa valiente, es otro de ellos. También saca su teléfono y rápidamente se dirige a la galería de archivos. La primera foto muestra los cadáveres de tres niños pequeños que no debían tener más de seis años. La segunda, restos de sangre aún húmeda que tiñen de rojo varios metros de una senda rodeada de bosque y maleza.

–¿Esto es en tu pueblo?

–No. Esto lo encontramos en el camino, mientras escapábamos hacia Bangladesh. Seguramente, los soldados descubrieron a rohinyas que también escapaban y los mataron.

–¿Qué pasó en tu aldea?

Pasa dos fotos más y muestra una donde, de lejos, se ven unas cuantas chozas entre campos verdísimos de arroz. De las casas salen columnas de humo. Se están quemando.

–Sólo pude hacer estas fotos. Conseguí huir con mi madre. Mi padre no estaba en casa y no pudo escapar con nosotros… supongo que lo mataron. Después quemaron el pueblo.

Material para la ONU

Todo este material gráfico, registrado y guardado por la comunidad rohinya, ha sido clave en las distintas investigaciones de la ONU para encontrar indicios de genocidio.

“Los crímenes cometidos en el estado de Rakhine, y la manera en la que fueron perpetrados, son similares en su naturaleza, gravedad y alcance a aquellos que han permitido establecer un genocidio en otros contextos”, apuntaba el informe de la Misión Internacional de Investigación de la ONU publicado en agosto, que servía para denunciar que el ejército birmano y sus máximos responsables tenían que ser investigados y procesados por genocidio, así como por crímenes de guerra y contra la humanidad.

También involucraban al gobierno civil birmano y a su ministra y figura emblemática, Aung San Suu Kyi, Premio Nobel de la Paz en 1991 por su lucha por la democratización del país. Su silencio e inacción ante la violencia contra los rohinya han sido duramente criticados por la comunidad internacional.

Los videos e imágenes también son una forma de romper el olvido que ha marcado la persecución contra los rohinya. Esta sensación, la de sentirse abandonados, desatendidos, es fácil de detectar cuando se habla con ellos. En otras crisis humanitarias las víctimas optan por el silencio, por no compartir su relato y evitan hablar con la prensa. 

En los campos de refugiados de Bangladesh es muy diferente. Muchos rohinyas nos han pedido contar su historia antes de que se les pregunte; quieren que su voz se escuche, quieren denunciar lo vivido y que el mundo haga algo para ayudarlos.

En una callejuela perdida del campo de refugiados de Jamtoli, entre polvo y chozas de bambú, un grupo de rohinyas le piden por favor a una joven que cuente su historia. Ella, Maymunah, tiene 19 años; se tapa el rostro tras un velo naranja para llorar la muerte de toda su familia. 

Al fin, y sin buscar la mirada de quien la escucha, empieza a hablar. “Los soldados llegaron por la mañana… fui la única de casa que pudo esconderse en los bosques”, explica entre silencios. “Los mataron a todos, y después se llevaron sus cuerpos para no dejar rastro”. 

Perdió a su padre, a su madre, a su marido, a sus cinco hermanas –dos menores de 10 años– y a sus tres hermanos. “También vi como (los soldados birmanos) violaban al menos a 20 mujeres, decapitaban a niños y encerraban a muchos de mis vecinos en sus casas sin que pudieran salir. Entonces tiraban gasolina y los quemaban vivos. Arrasaron todo el pueblo”, asegura Maymunah, que comenta que no ha podido borrar de su mente los gritos de toda esa gente.

Ahora, sus brazos agarran con fuerza un niño de poco más de un año. Es su hijo. La razón, dice, por la que no se ha suicidado. “Pude escapar con él. Pasamos tres días y tres noches huyendo hasta que llegamos a la frontera bangladesí. Sólo comí hojas de árboles y tuve mucho miedo, porque sabía que si los soldados birmanos nos descubrían nos hubieran matado”, relata.

De pronto una voz ronca irrumpe en la escena. Es uno de los ancianos que antes animaban a hablar a Maymunah. Cuando ve la cámara fotográfica, se postra delante de ella y empieza a explayarse en su lengua local durante casi un minuto. Se le humedecen los ojos y se le va apagando la voz. 

Cuando termina, otro hombre –más joven– hace lo mismo. Saluda a la cámara con un “salam aleikum” y rompe a llorar nada más empezar. Por los gestos que hace mientras habla, se deduce que recuerda decapitaciones, fusilamientos, apuñalamientos e incineraciones. 

El grupo de rohinyas cada vez es más grande y los testimonios se intercalan a ritmo vertiginoso. Un hombre señala a otro, de barba blanca y larga. “A él le quemaron la barba y le dieron una paliza”, explica. Otro anciano muestra una cicatriz profunda en su pierna: pudo escapar por los pelos. Una mujer confiesa que la violaron tres soldados y que vio cómo cortaban los pechos a conocidas suyas; otra asegura que a ella le golpearon la cabeza contra el suelo y la tiraron al río con las manos atadas a la espalda; una última dice que su hija, que tiene un bebé de casi un año, ya no puede hacer de madre porque de ver tanta violencia y tanta crueldad ha perdido la cordura.

El ambiente de reivindicación –o quizá de desahogo– se incrementa. Los celulares, los videos y las imágenes de horror, no tardan en aparecer. Casi todos los rohinyas tienen alguno. Aunque no los hayan grabado ellos, los comparten y los envían por WhatsApp. Y a partir de aquí, lo mismo de antes: pruebas y más pruebas de una violencia tan escabrosa, retorcida y estudiada que hasta cuesta creer que sea real.