El misterio cubano

El 23 de junio de 1964 celebró su cumpleaños número 56 en el restaurante “Verona”, en la esquina de Río Balsas y Tíber, en la colonia Cuauhtémoc de la Ciudad de México, acompañada de 12 personas entre las que se encontraban Amalia Solózano de Cárdenas y Clementina Batalla viuda de Bassols. La DFS documentó sus salidas y regresos al país. Sin embargo, el ambiente para ella se tornó asfixiante rápidamente. Sus días en México estaban contados.

Finalmente vino otra andanada de llamadas telefónicas y, de nuevo, en una postrera se le conminó a presentarse en la isla. Ella viajó en enero de 1965. Esta vez no sería escuchada. La sensatez ya no prevalecía. Apenas pisó suelo cubano, en esta segunda ocasión, la apartaron y procesaron. No es claro si después Proenza vivió bajo arresto domiciliario unos meses, según los recuerdos de Aurora Velasco, o tres años, según Martha Toriz, David Corn y Gus Russo. Lo cierto es que a partir de ser sentenciada la condenaron a permanecer en Santa Clara, provincia de Las Villas, y a cumplir su reclusión bajo la mirada atenta de un guardia. De nada le sirvió su aura, la atmósfera inmaterial que la rodeaba por el hecho de haber sido secretaria de Diego Rivera y tener acceso a Lázaro Cárdenas, Alfonso Reyes, Carlos Pellicer, Pablo Neruda y tantos destacados personajes más. Con valentía acató las decisiones del Partido.

Más allá de los rumores e interpretaciones, es posible suponer que no hubo nexo alguno entre el gobierno cubano, su ideología e intereses, y el asesinato de Kennedy, y no lo hubo, porque el magnicidio del presidente en nada los benefició, como sí en cambio sucedió a la industria bélica estadunidense. De hecho, como señala sarcásticamente Guillermo Sheridan, ni siquiera quedaba claro quién lo mató ni por qué. Lo que hoy es evidente, por si hubiese dudas, es que a los cubanos les interesó demostrar que no habían tenido nada que ver en aquella muerte y, asimismo, que estaban dispuestos a castigar toda relación, aunque hubiese sido mínima o ficticia, entre cualquier cubano y Lee Harvey Oswald durante el 26 de septiembre y el 3 de octubre de 1963 en que estuvo en la Ciudad de México y visitó la embajada de la URSS con el fin de tramitar su visa, pero al enterarse de que tardaría tres meses, optó por solicitar la cubana, que también le fue negada. Aquel primer y único contacto de Proenza con Oswald, cuando lo derivó a la oficina correspondiente, con Silvia Tirado de Durán, fue suficiente para señalarla así como culparla, y eso es lo único que está documentado. La tragedia para Proenza es que los cubanos tomaron eso, sólo eso, a juzgar por su reacción, como una prueba en su contra.

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Lo obvio es que a Proenza le cortaron sus contactos y la separaron de su mundo, su trabajo, sus intereses, su vida, sus amigos y sus afectos. La sacrificaron, como a Oswald y, con ello, ¿la liquidaron? Desde luego que no, a diferencia de Oswald. Cabe entonces pensar que los cubanos al alejarla de aquel clima enrarecido, histérico, y de cacería de brujas la protegieron, pero de manera cruel para ser verosímiles. Esto aceptando la versión oficial hasta hoy, la conclusión de la Comisión Warren, misma que insiste en entender a Oswald como un asesino solitario, conclusión que es cada vez más difícil de sostener. Hoy se sabe que Kennedy murió bajo un fuego cruzado de dos o tres grupos de tiradores; que Oswald era, él sí, en realidad un agente doble, con una fidelidad bien clara hacia la CIA, y que la misma CIA, al vigilarlo en México en 1963, en realidad documentaba a un “chivo expiatorio”.