Extraño enemigo

Andrés Manuel López Obrador usa una fórmula políticamente exitosa para gobernar. Edifica enemigos, identifica adversarios, denuesta a quienes lo cuestionan y los tilda de oposición. Son “conservadores”, buscan “poner trabas”, quieren que su gobierno fracase. Y en ese mismo saco de saboteadores ha colocado a la sociedad civil; ese extraño enemigo cuyo activismo allanó el camino para que su movimiento llegara a la Presidencia y al poder. Ese enemigo que no debería ser considerado como tal ya que suele estar asociado con demandas históricas de mayor libertad. Desde la Ilustración, pasando por Thomas Paine, Gramsci y Hegel, el concepto de “sociedad civil” denota un ámbito paralelo pero separado del Estado; un lugar donde los ciudadanos se organizan de acuerdo a sus propios intereses y deseos. 

En México y en el mundo, la sociedad civil –heterogénea, variopinta y plural– ha impulsado transiciones democráticas, ha promovido el cambio político y social, ha abanderado causas que los partidos ignoran. Forma parte de esfuerzos históricos para profundizar y ampliar la democracia, la cual requiere instituciones autónomas para contener el poder del Estado mismo. Y eso es lo que motiva las siguientes reflexiones en su defensa:

Las estrategias de las organizaciones de la sociedad civil frecuentemente parten de la necesidad de encontrar soluciones inmediatas a problemas urgentes, como lo hacen las madres del colectivo Solecito, hurgando en la tierra, en busca de sus hijos, ante el pasmo del Estado.

Las OSC’s buscan incrementar el acceso de ciudadanos comunes y corrientes al proceso de tomas de decisiones, como lo hacen quienes han empujado procesos de Parlamento Abierto en el Congreso, como el colectivo #SeguridadSinGuerra.

Las OSC’s pueden moldear la política pública y proveer de asesoría técnica a quienes toman decisiones como lo hacen México Evalúa y el Instituto Mexicano para la Competitividad en múltiples temas, como la competencia, el uso político del gasto público, la evaluación de las adjudicaciones directas y las licitaciones gubernamentales, la importancia del gobierno corporativo en Pemex y tantos más.

Organizaciones de la sociedad civil retan viejas prácticas como el clientelismo y el patronazgo, ofreciendo alternativas concretas para nuevas prácticas, estrategias e instituciones, como lo ha hecho el colectivo #FiscalíaQueSirva.

OSC’s construyen capital social al promover la deliberación pública de temas públicos y así ayudan a contener los abusos de poder que acompañan a sistemas políticos centralizados, o de partido hegemónico como lo hizo Alianza Cívica en los 90 al exigir elecciones limpias y justas.

OSC’s transmiten información innovadora y valores que apuntalan a las sociedades democráticas, como lo hace GIRE en torno al derecho a decidir y la salud reproductiva, como lo hace Semillas al apoyar a las mujeres emprendedoras, como lo hace CIMAC al defenderlas. Suelen enfocarse en temas de interés público como medio ambiente, derechos humanos, género, defensa de minorías sexuales y étnicas, y corrupción. Fomentan la participación ciudadana y la pedagogía pública.

Y sí, la sociedad civil también incluye grupos de interés que persiguen agendas propias, a veces conservadoras, a veces elitistas, a veces distanciadas de aquellos a quienes dicen representar. No incluye sólo a quienes enarbolan causas nobles y bien intencionadas. En todas partes, la sociedad civil abarca una gama de lo bueno, lo malo y lo bizarro. Las personas en cualquier sociedad plural se asocian y trabajan colectivamente para avanzar causas honorables y causas inciviles. El Frente Nacional por la Familia –homofóbico y sexista– también forma parte de la sociedad civil a la que es importante desmitificar.

Las OSC’s no buscan desplazar al Ejecutivo o al Estado sino lograr que funcione mejor. El activismo social de años recientes intenta fortalecer, no minar la capacidad del gobierno para combatir la corrupción, a través, por ejemplo, de la Ley 3de3 y el Sistema Nacional Anticorrupción.

Sólo los sistemas autoritarios buscan minar a la sociedad civil a través de la atomización y el debilitamiento de la organización intermedia. En nombre de la “eliminación de la intermediación” buscan establecer el control clientelar por encima de la construcción de ciudadanía. No creen en la pluralidad sino en la singularidad. Desconfían en las conexiones comunitarias que surgen desde abajo y preferirían sustituirlas por las organizaciones corporativas creadas desde arriba. 

Sólo los sistemas dictatoriales se sienten amenazados por una sociedad civil pujante y vigorosa. 

El Estado puede y debe jugar un papel en el desarrollo de una sociedad civil saludable, vía marcos regulatorios claros, incentivos fiscales justos, procedimientos de asociación y financiamiento transparentes. Un Estado democrático puede y debe impulsar una sociedad civil democrática, y no desacreditarla sin fin como ha sucedido en México en meses recientes. La Cuarta Transformación requiere apertura a la participación, aunque sea de naturaleza crítica; requiere inclusión, aunque sea de quienes están en ­desacuerdo con sus métodos. Así lo escribe el filósofo Michael Walzer en “The Civil Society Argument”: la calidad de nuestra actividad económica y política está directamente relacionada con la fuerza y la vitalidad de nuestras asociaciones.

Ojalá el presidente comprendiera que la sociedad civil puede y debe retar, irritar y a veces antagonizar al gobierno. Pero la sociedad civil y el Estado se necesitan, y en el mejor de los mundos, podrían caminar juntos como colaboradores, en vez de empuñar la espada como enemigos. Sólo así podremos remplazar el conformismo con el activismo, la pasividad con la participación, la obediencia con el empoderamiento. Sólo así México dejará se ser un país de clientes para convertirse en un país de ciudadanos.