La papa caliente de los yihadistas presos

Son unos 800 los fieles del Ejército Islámico que tienen ciudadanía de algún país europeo o norteamericano y son prisioneros de guerra o se hallan en campos de refugiados en Siria. Custodiados principalmente por los kurdos –que enfrentan sus propios problemas–, esos cientos de “yihadistas occidentales” se volvieron un problema del que nadie quiere hacerse cargo. Muchos desean volver a sus países –destaca el caso de la británica Shamima Begum–, pero son precisamente sus naciones de origen las que no quieren saber nada de ellos. El riesgo, pues, es que queden en libertad y permanezcan en Medio Oriente.

Eran las 21:51 del 16 de febrero. El presidente estadunidense Donald Trump suele tuitear sus ocurrencias –con las que trastoca los más importantes y delicados procesos políticos– por la mañana. Pero sus propias costumbres tampoco son reglas que respete y esa vez lanzó un misil nocturno: “Estados Unidos les está pidiendo a (Gran) Bretaña, Francia, Alemania y otros aliados europeos que se lleven a 800 combatientes del ISIS que hemos capturado en Siria y los sometan a juicio”. De otra forma, advirtió, “los vamos a tener que soltar”.

No había una petición diplomática formal en ese sentido: en esa exigencia “Estados Unidos” era el propio Trump por medio de Twitter, que de esta forma creyó que podría forzar una solución para uno de los mayores problemas creados por otra ocurrencia suya, que también tomó por sorpresa a propios y extraños días antes de la pasada Navidad, el 20 de diciembre: el anuncio del retiro de sus tropas de Siria porque, según él, el Estado Islámico (EI o ISIS, en inglés) estaba acabado: “¡Los hemos vencido!”, proclamó para su solitario beneplácito, pues nadie más estuvo de acuerdo.

Desde 2014, cuando a la impresionante serie de éxitos militares del EI se sumó una campaña de propaganda y reclutamiento digital muy eficaz, una de las grandes inquietudes fue qué hacer cuando los miles de jóvenes de los países occidentales que se estaban sumando al grupo yihadista, ingenuos e inexpertos, retornaran a sus hogares imbuidos de una doctrina que convoca a destruir sus sociedades, y fortalecidos con entrenamiento militar, experiencia de combate y la rutina de matar.

En Medio Oriente (tiene además grupos afiliados en Egipto, Túnez, Libia, Somalia, Nigeria y Filipinas) el EI perdió casi la totalidad del territorio de su “califato” en 2017, ante una ofensiva internacional. Aunque está confinado a unos pequeños bolsones en Siria, sus enemigos y los expertos coinciden en que no se puede asumir su derrota total, entre otras cosas por su capacidad de inspirar grandes ataques terroristas sin necesidad de dirigirlos, planearlos ni colaborar directamente en su organización. Y porque muchos de sus militantes extranjeros buscan ahora retornar a Europa y Norteamérica.

Llegó el momento de enfrentar el problema, pero no de la forma que se esperaba: Trump, a su estilo, invirtió el orden de prioridades. Sus aliados europeos y kurdos volvieron a verse puestos contra la pared, sin aviso ni cortesías. 

El problema, de cualquier manera, existe y ya se había filtrado al debate público, aunque en dimensiones muy distintas: no con cifras en centenares, sino con nombres y apellidos de ciudadanos occidentales que apoyaron al EI y ahora quieren regresar a sus casas. Algunos están presos y otros sobreviven en campos de refugiados. Los casos más conocidos son los de dos jóvenes del Reino Unido.

Shamima

El ministro británico del Interior, Sajid Javid, dio una dura respuesta a la pregunta de qué hacer con ellos: despojarlos de la ciudadanía para que se queden para siempre en Medio Oriente.

Su oficina se comunicó ya con los padres de Shamima Begum, una joven de 19 años que fue encontrada el mes pasado en el campo de refugiados Al Hawl, y que acaba de dar a luz a un bebé. Les avisaron que van a aplicarle la Ley de Nacionalidad Británica de 1981, que permite retirarle ese reconocimiento a alguien si “esto conduce al bienestar público”.

Hay una parte de la población que está de acuerdo. Incluso hay un movimiento de odio en su contra: los asistentes de la galería de tiro en The Wirral, en el noroeste inglés, pueden elegir blancos con fotografías –en lugar de una figura humana neutra– y uno de ellos lleva el rostro de Shamima. Al sitio pueden entrar niños a partir de los seis años. La compañía Ultimate Airsoft Range (proveedora de esas dianas) explicó que “estos blancos proveen conversaciones y reacciones fantásticas y le permiten a la gente divertirse alegremente y sacar al niño que todos tenemos dentro”.

Tras hacer un análisis legal, el Ministerio del Interior encontró que una reforma de 2014, hecha precisamente para facilitar la desnacionalización de los militantes del EI, impuso también limitaciones para evitar excesos en su utilización: sólo se podrá retirar la ciudadanía británica si hay “bases razonables para creer” que la persona podría convertirse en nacional de otro país.

Se trata de una facultad que ninguno de sus predecesores ha usado, explicó Javid a pregunta expresa en el Parlamento, el 27 de febrero: la familia de la joven es originaria de Bangladesh pero ella nació en Londres y no tiene otra nacionalidad que la británica, por lo que si ésta le fuera retirada se convertiría en una persona sin Estado y esto sería violar la legalidad internacional, así como la entendemos. Bangladesh, por si fuera poco, ya puso en claro que la chica no es su ciudadana ni tiene interés en recibirla.

El blanco de tiro en el que aparece Shamima muestra a una mujer vestida con un conjunto negro que oculta todo el cuerpo excepto el rostro. Se ven los labios bien delineados, la nariz muy fina, los ojos negros, todavía infantiles. Ya tiene 19 años pero en las fotos actuales parece de 15, como cuando escapó de su casa en Londres con dos compañeras de escuela que, como ella, se habían dejado convencer por la propaganda radical; pensaban que Dios quería que ellas se fueran a vivir a un lugar piadoso –el califato recién proclamado por el emir extremista Abubakr al Baghdadi– y que se casaran con uno de los luchadores de la causa sagrada. 

Fue identificada por periodistas en el campo de refugiados de Al Hawl, en el noreste de Siria, el 13 de febrero, tres días antes de parir, cuando dio varias entrevistas pidiendo el perdón de su patria y solicitando que la admitieran de regreso, a ella y al bebé por nacer. 

La adolescente y sus amigas viajaron de Londres a Estambul en 2015 y después ingresaron clandestinamente a Siria, hasta llegar a Raqa, capital del “califato”. Diez días después casaron a Shamima con Yago Riedijk, un holandés de 27 años que se había convertido al Islam. 

Fue acusada de espionaje, detenida, torturada y liberada, tras lo cual tuvo dos hijos. La ofensiva de las milicias kurdas –con apoyo estadunidense– en 2017 obligó a la familia a escapar de Raqa. Sus hijos cayeron enfermos y sufrieron desnutrición severa. Se le fueron muriendo de hambre en los brazos. Primero el niño Jerah, de ocho meses, y después la pequeña Sarayah, de un año y nueve meses. Eventualmente su marido se entregó a las fuerzas enemigas y Shamima, embarazada, llegó a Al Hawl. 

Su preocupación principal, explicó a la prensa, es que su nuevo bebé sobreviva. Pero su error fue hablar de otras cosas con franqueza. En entrevista con la BBC le preguntaron sobre el atentado terrorista en Manchester, de mayo de 2017, en el que murieron 22 personas. “Creo que estuvo mal, mataron a gente inocente”. 

Hasta ahí todo iba bien. Pero después hizo una comparación con lo que se sufre en Siria: “Una cosa es matar a un soldado; está bien, es defensa propia. Pero matar gente como mujeres y niños, como las mujeres y niños que están matando injustamente los bombardeos justo ahora en Baghuz (una población controlada por el EI, bajo asedio kurdo y ataques aéreos de Estados Unidos y Gran Bretaña). Es una cosa de dos vías”. 

Por lo tanto, continuó Shamima, lo de Manchester “es como una represalia. Su justificación es que era una represalia y en aquel momento pensé que era una justificación correcta. Fue injusto para ellos, no estaban combatiendo contra nadie. No causaban ningún daño. Pero tampoco estaba causando ningún daño yo ni las otras mujeres que están matando ahora en Baghuz”.

Quienes piden aceptar de regreso a Shamima advierten que el riesgo de quitarle la nacionalidad es crear una de primera clase y otra de segunda; algunos plantean que la forma de desradicalizarla es darle una educación islámica adecuada o simplemente tratarla con compasión y acoger a un bebé que no tiene la culpa de nada.

En todo caso, las declaraciones de Shamima –que ahora se arrepiente de haberle dado difusión pública a su ruego– han redoblado la indignación de otros. La empresa del campo de tiro las usó como justificación: “Tras escucharla, había una falta de empatía que ella había mostrado (con las víctimas de Manchester) y decidimos hacerle caso a nuestros clientes y usarla como blanco”.

Javid está revisando opciones. Una de ellas sería enmendar la Ley de Traición, que tiene 650 años sin haber sido tocada, para evitar que retornen “quienes odien a Gran Bretaña”, le dijo al Daily Telegraph.

“Vamos a dejarlos ahí”

Jack Letts, de 23 años, lleva dos en una prisión kurda y es un converso al Islam. Viajó a Siria en 2014 y dice haber vivido en la “calle Oxford” de Raqa, casado con una iraquí. En entrevista con ITV News tampoco ganó puntos para congraciarse con el público occidental.

Respecto al ataque terrorista contra el club Bataclan en París, reconoció que “en ese momento me pareció bien. Viviendo en Raqa, donde nos bombardeaban cada cinco minutos los aviones de la coalición, y viendo a niños quemándose vivos, te llega la idea de por qué no debería pasarles a ellos también”. Sin embargo, ahora lamenta que en Europa hayan matado gente inocente “que no tenía nada que ver”.

Letts es menos ingenuo que Shamima: aunque tiene doble nacionalidad, británica y canadiense, no cree que algún gobierno lo ayude porque “en realidad a nadie le importa”.

No sabe que a Trump sí. Letts es uno de esos 800 que quiere que sean juzgados y encarcelados en Europa. Pero a sus aliados no les encantó la ocurrencia.

“Sería muy difícil”, dijeron los alemanes. Los combatientes tendrían que ser “tomados en custodia de inmediato” y transportados con medidas de seguridad muy difíciles de garantizar. Y hace falta “información, investigaciones que no se han hecho”. 

Los franceses reconocieron que la retirada anunciada por el presidente estadunidense obliga a actuar “en un nuevo contexto geopolítico”, pero por el momento “Francia no está respondiendo a sus exigencias” (las de Trump). 

Para los británicos la cosa es deshacerse de los yihadistas; los belgas piden una “reflexión tranquila” para “encontrar lo que represente menores riesgos de seguridad”, y para los húngaros, “uno de los mayores retos de los meses que vienen es no permitirles volver a Europa”.

Los kurdos, que sostienen el frente de combate, encuentran que la situación es mucho más complicada. “Nunca haríamos eso”, aclararon sobre la posibilidad de dejar libres a los prisioneros, pues tendrían que volver a combatirlos. 

De todos modos los 800 occidentales, y muchos más de África y Asia, sirios e iraquíes, están en sus prisiones; a ellos les cuesta mantenerlos y, por si fuera poco, ante la próxima retirada de las tropas estadunidenses Turquía ya inició los preparativos para lanzar una poderosa ofensiva en su contra, y eso complicará un poco lo de retener a los prisioneros.

Son “una bomba de tiempo para la región y el mundo”, advirtió Abdulkarim Omar, responsable de relaciones exteriores de las Fuerzas Democráticas Sirias, una alianza militar encabezada por las milicias kurdas. “Parece que la mayoría de los países han decidido que ya acabaron con ellos (los detenidos), ‘vamos a dejarlos allí’. Pero es un error muy grande”.