Ópera 2019, ¿más de lo mismo?

En conferencia previa a las únicas dos funciones de La damnation de Faust (La condenación de Fausto) de Héctor Berlioz, ópera con la que se abrió la Temporada 2019 de Bellas Artes, el ahora ya ratificado director de la Ópera de Bellas Artes, maestro Alonso Escalante, a pregunta expresa respondió que además de la obra de Berlioz se tenían considerados otros cuatro o cinco títulos, los mismos que nombró. “Esto a grandes rasgos”, agregó.

Mal empieza la semana para el que ahorcan en lunes, reza la sabiduría popular que, en este caso, se aplica a nuestra ópera porque inicia con únicamente dos representaciones y, éstas, ofrecidas en forma de ópera-concierto, además. Acorde a la experiencia negra de los últimos años y a lo expresado, podemos pensar también a grandes rasgos y sujetos a empeorar o a mejorar, como es nuestro deseo, que en materia operística estamos frente a una línea de continuidad que (salvo ligeras variantes que puedan producirse en el camino) proseguirá con lo que se ha venido haciendo desde por lo menos la última década del siglo pasado, cuando se apoderó de la ópera el grupo que, decía, llegaba para “establecer la excelencia”. 

Esa “excelencia” se tradujo en el desplazamiento inmisericorde de la inmensa mayoría de nuestros cantantes y en la reducción brutal del número de funciones, pero nunca apareció en el escenario. Fue así como se implantó la modalidad de ofrecer únicamente siete títulos por año y, en el mejor de los casos, cuatro funciones por título. En más de una ocasión, vale recordarlo, ni siquiera se dieron las cuatro funciones, sino que, como en el caso de la inauguración de este año, fueron dos solamente. 

En estas condiciones, la ópera se convirtió en un espectáculo elitista, no siéndolo per se. La convirtieron en elitista porque no puede llamarse popular a un espectáculo que en una ciudad de (siendo muy parco) 7 millones de habitantes, puedan ver a lo largo de todo un año solamente 50 mil personas, y esto (al contrario de la parquedad anterior) exagerando el número de asistentes a las escasas 28 funciones anuales. Esto, como he afirmado ya aquí mismo, en el supuesto caso de que a cada función asista un público totalmente diferente. Esas pocas funciones, o menos, son las que se han venido presentado en por lo menos los últimos 20 años. 

Así sucedió el año antepasado y el pasado, que fue cuando Alonso Escalante recogió la estafeta. Desgraciadamente, parece ser que la historia se repetirá. Y, debo agregar, no es que Alonso lo haga mal; pero el problema está en la concepción, en el qué se quiere hacer con la ópera y para qué. Si se toma, como ha venido siendo, para llenar el expediente o para el puro disfrute de unos cuantos; o si, por el contrario, se toma como lo que realmente es, aunque las élites finjan ignorarlo, un formidable vehículo de difusión y formación cultural y, para que terminen de infartarse, de concientización social.

Por hoy ni siquiera se ha asomado; pero es de esperar que la Cuarta Transformación también llegue a la ópera.