Los Óscar

Tres fueron las estatuillas Óscar obtenidas por Roma de las 10 nominaciones que tuvo. El terceto coloca el trabajo de Alfonso Cuarón en un lugar muy destacado, pues se refieren a mejor película extranjera, mejor fotografía y mejor dirección; es decir, el ejercicio de un oficio impecable. 

 Sin obtener el primer lugar, Yalitza Aparicio se colocó entre las cinco actrices más sobresalientes. Con todo y el ingrediente comercial que conlleva el premio, este año la Academia se inclinó por resaltar el contenido, la originalidad, los temas controversiales no menos que los efectos especiales y la espectacularidad. Y se habló de marginados, de migrantes y sus derechos, lo cual causó ámpula en el círculo cerrado de la oficina oval en Washington.

La transmisión televisiva por parte del Canal 7 de TV Azteca fue un desastre. Varias deficiencias técnicas la hicieron poco disfrutable. En principio, la cantidad de cortes publicitarios a los cuales se agregaron los anuncios hechos por los mismos conductores del programa, vestidos como si fueran a transitar la alfombra roja y en una escenografía de sala frente a una ventana que dejaba ver una calle abarrotada de tránsito y luces, sólo se aprendieron los textos de sus anuncios, mientras que fueron muy pocas las informaciones sobre los nominados, los filmes y la historia misma de la ceremonia. 

Las imágenes provenientes de Hollywood con los discursos de los ganadores apenas si se entendían. Dejaron en el fondo las palabras en inglés con un volumen casi idéntico al de la traducción al español sobrepuesta, y que cursó plagada de errores.

La entrega de los galardones es bastante larga y puede volverse tediosa; lo que la hace tolerable es el suspenso que se crea al final de cada categoría para conocer al premiado. El resto es similar: los agradecimientos, las lágrimas, la alegría. En esta ocasión se insertaron interpretaciones por los mismos autores de la música original de algunas películas nominadas. Y efectos alusivos, por ejemplo a la segunda versión de Mary Poppins.

El escenario del teatro que alberga la entrega de los Óscar suele ser kitsh y el de esta vez no fue la excepción. Una especie de merengue de pastel hizo las veces de marco, las luces le dieron tonos diversos. La tónica fue el glamour de las estrellas de cine, esa aura tan apreciada por los integrantes de la gran industria fílmica del mundo, aquella que gusta a todo el mundo e invade a todo el mundo: Hollywood.

Mucho más divertida fue la recepción en grupo sobre la plancha del monumento a la Revolución en la Ciudad de México. Se congregaron cientos de fans para esperar el veredicto, apoyar virtualmente a Cuarón y su equipo, gritar, bailar y celebrar. Los invisibles de pronto se dejaron ver identificándose con una historia cercana, verídica pero con toques de magia. Y desde luego la televisión mexicana recogió apenas unos fragmentos de esa otra celebración, la de abajo.