Corea del Norte-Estados Unidos Crónica de una cumbre inútil

La cumbre empezó con buenos deseos y algunas esperanzas, todo eran sonrisas y saludos cordiales. Pero el último día de febrero los presidentes de Estados­ Unidos y de Corea del Norte, reunidos en Hanói­ para tratar de solucionar un conflicto que dura ya siete décadas, se levantaron abruptamente de la mesa, sin acuerdos. El conflicto radicó en el tema nuclear, donde Pionyang esperaba una cancelación total de las sanciones en su contra, algo que Washington no tenía pensado.

HANÓI.- Sobre la delicada vajilla del Hotel Metropole quedaron intactos el paté y el pescado. Donald Trump, presidente estadunidense, se acababa de despedir de su par norcoreano, Kim Jong-un. No hubo almuerzo, declaración conjunta ni acuerdo. Tampoco levantamiento de sanciones, cierre de instalaciones nucleares, fin de la Guerra de Corea ni oficinas de representación recíprocas. 

Fue, el pasado 28 de febrero, un desen­lace sorprendente después de que en la cena anterior escenificaron el “enamoramiento” que clama Trump, con sonrisas y complicidades, promesas de una vida en común dichosa y una euforia más propia de un campamento de verano que de una negociación sobre armas nucleares. Sorprendió incluso para los heterodoxos estándares diplomáticos de ambos. 

Ese final abrupto se habría entendido en la cumbre del pasado año en Singapur. Trump advertía entonces que le bastaría un cruce de miradas para medir a Kim. Pero a Hanói llegaron con la química acreditada y tras rondas preparatorias con Mike Pompeo, secretario de Estado, y Ri Yong-ho, ministro de Exteriores norcoreano. Dialogaron en Washington, Pionyang y Estocolmo, por hacer la lista corta. Habría bastado con preguntar en algún momento por las exigencias a cambio de las sanciones. Así lo recomienda la casuística para evitar bochornos bajo los focos globales. Los expertos debatían si el acuerdo sería bueno o malo, de máximos o mínimos. 

La falta de acuerdo nunca se previó y es difícil disimular el fiasco con el manido argumento de que es preferible a un mal acuerdo como aquel de Singapur. De ahí salió un folio con declaraciones tan grandilocuentes como abstractas y sin ningún instrumento para fiscalizar el cumplimiento.

“Es obvio que es un fracaso; ni siquiera hubo una declaración conjunta. Ha habido un diálogo previo intenso y yo esperaba que acordaran al menos el levantamiento parcial de las sanciones”, opina Koh Yu Hwan, profesor de la Universidad Dongguk. 

Los expertos ya habían recordado que continuaban las diferencias estructurales. Washington y Pionyang aún discrepan sobre qué entienden por desnuclearización: Estados Unidos la exige inmediata, completa e irreversible, mientras Norcorea ve un proceso gradual a largo plazo.

Tampoco hay acuerdo sobre la secuenciación de las “medidas correspondientes”, según jerga norcoreana, o “acciones paralelas y simultáneas”, en palabras estadunidenses. 

Pionyang las pretende antes de completar el proceso de desnuclearización mientras Washington quiere postergarlas. La primera lamenta que tras su amontonamiento de gestos de buena fe (moratoria unilateral de lanzamientos de misiles y ensayos nucleares, liberación de prisioneros estadunidenses, destrucción de su principal silo nuclear, entrega de los restos de soldados muertos y desmantelamiento del complejo de lanzamientos de misiles de Sohae) no se haya levantado ni una. 

Y persiste, sobre todo, el objetivo de fondo: el improbable sacrificio de la única arma que ha evitado que la dinastía Kim compartiera el destino trágico de Sadam Husein, Muamar Gadafi y otros personajes hostiles a Estados Unidos. No parece muy sensato cuando Trump airea una invasión militar a Venezuela. 

Sanciones

La cumbre se trabó sin remedio en el tema de las sanciones. Trump explicó que Kim exigía su levantamiento integral a cambio de Yongbyon, la icónica central de la que salieron el uranio y el plutonio de los seis ensayos nucleares que Norcorea ha realizado hasta la fecha, pero rechazó el cierre de un segundo laboratorio que la inteligencia de Washington detectó. 

“Aún existe una brecha. A veces, sencillamente, tienes que marcharte. Y ésta era una de ellas”, justificó Trump. También desmintió una ruptura desagradable: “No hubo un clima violento cuando nos levantamos, sino uno amistoso; nos dimos la mano y acordamos seguir negociando”.

Pero Pionyang convocaba horas después por sorpresa a una conferencia de prensa para negar punto por punto la versión estadunidense.

Ri Yong Ho, canciller norcoreano, reveló que habían ofrecido el desmantelamiento de Yongbyon, supervisado por expertos internacionales, a cambio del fin sólo de las sanciones relacionadas con la economía civil que afectan a la vida de su pueblo. Añadió que la negativa de Trump les hizo entender su falta de voluntad de diálogo y advirtió que Kim podría haber perdido su “deseo” de seguir las negociaciones. 

La oferta norcoreana no cambiará aunque Washington pida más reuniones, adelantó Ri, y sugirió que Trump no dejó sentado a Kim, sino al contrario. Era previsible que los dos líderes más ególatras del mundo pelearan ese honor. Esa convocatoria a medianoche, sin esperar a la prensa oficial de la mañana siguiente, sugiere un enojo mayúsculo. 

Ambos habían llegado a Vietnam confiados en que la debilidad ajena aceitaría las concesiones. Trump escuchó en Hanói las explosivas declaraciones en el Senado de su exabogado Michael Cohen. Kim, por su parte, lidia con una economía que se contrajo el pasado año 3.5%, su peor registro en dos décadas, y con casi la mitad de su población malnutrida. 

El error de cálculo fue compartido, corrobora Stephan Haggard, experto de la Universidad de California. “Trump, como siempre, sobrevaloró su habilidad para conseguir un buen trato. Pensó que la química personal superaría las restricciones estructurales y diferencias de intereses fundamentales, especialmente en la secuenciación. Pero Corea del Norte pretendió levantamientos sustanciales de sanciones a cambio de apagar dos instalaciones de Yongbyon: una planta procesadora para extraer plutonio de barras de combustible y una planta de enriquecimiento con centrifugadoras para generar uranio enriquecido”.

Y eso, continúa, puede retrasar la elaboración de bombas nucleares, pero no aborda el material ya almacenado o los misiles. “Yongbyon era un punto de partida razonable, pero Trump quería la voluntad de extender la discusión más allá”, concluye. 

Trump no tuvo el éxito resonante que necesitaba para sofocar la crisis en su política interna. Tampoco Hanói ayudará a Kim frente a la vieja guardia que añora aquellos tiempos en que el Ejército monopolizaba los desvelos de su padre y abuelo. El dictador, probados ya los misiles intercontinentales con teórica capacidad para golpear Estados Unidos, había priorizado las reformas económicas para mejorar la calidad de vida del pueblo. Su regreso a Pionyang con las sanciones intactas cuestiona su infalibilidad.

Kim se apuntó, al menos, la victoria propagandística. El medio oficial Rodong Sinmun publicaba en portada las fotografías de las masas agolpadas contra las vallas en Hanói para disfrutar de su saludo a través de la ventanilla de su vehículo. 

Kim, según el relato, no es sólo el líder al que recibe en igualdad en condiciones el presidente de la primera potencia. También es tan querido en el resto del mundo como en su país.

Sohae, el detonante

Corea del Norte y Estados Unidos no alcanzaron ningún acuerdo sobre la desnuclearización. Para Trump es sólo un comprensible contratiempo en un camino pedregoso. Para Kim Jong-un quizá sea el final del camino.

Hay una vieja creencia en Washington, manifestada siempre que se rompe un acuerdo con Pionyang, de que la paciencia y la presión conseguirán uno mejor en el futuro. La hemeroteca la desmiente. Corea del Norte respondió con ensayos nucleares al final del acuerdo de 1994 y de las conversaciones multilaterales en 2008 y perfeccionó sus misiles intercontinentales tras el fracaso de las negociaciones en 2012.

El centro de pruebas y de lanzamiento de satélites de Sohae mide la salud del proceso de desnuclearización norcoreano. Su parcial desmantelamiento en junio reveló el compromiso de Pionyang de igual forma que el regreso de las grúas esta semana para reconstruirlo certifica que algo se torció en Hanói. 

Las imágenes satelitales revelan que las obras empezaron tan pronto Trump y Kim se despidieron en Vietnam. Los operarios levantan de nuevo una estructura móvil sobre la que se desplazan los misiles y trabajan en una plataforma para probar motores.

Los expertos aclaran que las obras no indican la inminencia de lanzamientos, pero sí sugieren un volantazo en la dinámica post-Singapur.

Más inquietante que las grúas en Sohae es que John Bolton ande suelto por los estudios de televisión. El consejero de Seguridad Nacional de la Casa Blanca ha aireado la posibilidad de nuevas sanciones en una entrevista a la cadena Fox, si Pionyang no entrega todas sus armas nucleares. 

“Si no lo cumplen, creo que el presidente Trump ha sido muy claro… no conseguirán que aliviemos las demoledoras sanciones económicas que hemos impuesto e incluso consideraremos ampliarlas”, amenazó. 

Trump, de hecho, había dicho lo contrario tras el fiasco de Hanói: que no las aumentarían porque ya eran suficientemente dolorosas. Correspondía así al compromiso norcoreano de no reanudar sus desmanes nucleares.

Bolton ha apuntalado su carrera política durante décadas alentando invasiones y dinamitando soluciones diplomáticas. Convenció a George Bush de que rompiera el acuerdo firmado por su antecesor, Bill Clinton, que había funcionado razonablemente bien durante casi una década. La inmediata inclusión de Corea del Norte en aquel Eje del Mal arruinó la mejor oportunidad para haber resuelto un problema que dura ya 70 años. Los expertos ya alertaron de que su inesperada presencia en la mesa de negociadores de Hanói no presagiaba nada bueno. 

Lo que ocurra a partir de ahora dependerá en buena parte del control de Trump y Kim sobre las facciones que califican de inútil el diálogo con el enemigo y apelan a las armas. Existen razones para el optimismo. Kim puede perseverar en las negociaciones porque los progresos en su carrera nuclear convierten la moratoria en irrelevante y, además, la recuperada sintonía con Beijing aliviará los efectos de las sanciones internacionales.

Trump ha manifestado que se sentiría muy decepcionado si avanzan las obras en Sohae, pero no ha descartado una tercera cumbre y no reanudará esas maniobras militares con Corea del Sur que tanto irritan a Pionyang. No es improbable tampoco que se desinterese del asunto norcoreano tras comprobar que no le proporcionará fácilmente ese éxito rutilante que busca en política exterior. 

“Trump quiere usar el asunto para promoverse como un pacificador, el hombre que resolvió una crisis en la que fracasaron sus predecesores, especialmente Obama. Sólo hay narcisismo maligno y patológico. Su objetivo final es el Premio Nobel de la Paz”, opina Peter Kuznick, historiador de la American University y experto en Asia.

Los pronósticos son aventurados, añade Benjamin Young, experto de la Universidad George Washington. “Mi predicción es que Trump no volverá a reunirse con Kim. Perderá las elecciones y Corea el Norte tendrá que lidiar con un presidente demócrata. El tiempo siempre juega a su favor; es la ventaja de contar con una dictadura hereditaria”, señala.

Hanói hundió los planes del admirable presidente surcoreano, Moon Jae-in, que ha convertido la paz en la península en su objetivo vital. 

“Es una conmoción, estamos intentado averiguar qué pasó”, confesaba un diplomático surcoreano. Su acercamiento a Pionyang pasa por la colaboración económica y seguirá maniatado por las sanciones internacionales que impiden la reapertura del complejo industrial mixto de Kaesong o la explotación de zonas turísticas. De Moon se espera que recoja de nuevo los pedazos y los recomponga.