“Las herederas”

Con una cinematografía tan escasa como la paraguaya, una nueva cinta es acontecimiento, mayor cuando ha sido laureada en Berlín y en muchos otros festivales; lástima que en su propio país Las herederas (Paraguay-Brasil-Alemania-Noruega, 2018) haya sido vituperada por sectores retrógrados de la sociedad que la acusan de promover el lesbianismo (sic, en El País, como si se tratara de una corriente política).

En realidad, este primer largometraje de Marcelo Martinessi cuenta su historia de manera discreta y pudorosa; siempre retraída y más bien en la sombra. Chela (Ana Brun) ha convivido con su compañera, Chiquita (Margarita Irún), a lo largo de 30 años, en la casa señorial heredada por sus padres; la crisis económica ha metido en apuros a la enérgica y controladora Chiquita, que tendrá que pasar una temporada en la cárcel por un supuesto fraude fiscal. A sus 60 años, la niña de buena familia tendrá que enfrentar la vida y buscarse una forma de ingreso económico.

Desde una puerta entreabierta en su casa, Chela, que es pintora, observa a esos nuevos ricos que acuden a comprar las antigüedades, señal del esplendor perdido de la familia, que ahora hay que ir vendiendo para subsistir; con tal imagen, la cámara establece el punto de vista de la película, el de Chela,­ reticente pero curioso, con ganas de participar en la vida aunque casi abochornada de quererlo.

Al interior de la casa predomina la penumbra, en parte por ahorrar consumo de electricidad, pero más porque ese medio tono amarillento es el espacio de Chela y el que la sociedad le impone. La claustrofobia de clase se respira en la casa heredada, en el coche –el Mercedes Benz que le dejó el padre–, y esos tonos y espacios con los verdes y azules de las escenas de cárcel; en la visitas a Chiquita, contrastan con el barullo, energía, movidas, donde Chiquita sigue participando y controlando, inversión que sugiere, sin pensarlo mucho, el estado de cosas de toda una sociedad.

Pituca, la vecina rica, le pide a Chela servir de chofer para llevar y traer a sus amigas a las reuniones de juego de canasta; el favor se vuelve oficio y manera de ganar dinero; con su pareja tras las rejas, se desvanece la burbuja en la que vivía protegida y controlada. Una de las hijas de estas amigas de sociedad es Angy (Ana Ivanova), una mujer atractiva y sensual que despierta en Chela sensaciones olvidadas.

En otra secuencia donde Chela aguarda en la sala de espera de una elegante mansión mientras las señoras juegan, Martinessi condensa la pérdida de estatus económico de la niña bien, y en la expresión del rostro se advierte el proceso doloroso de comprender, mezcla de tristeza con la conciencia que lleva a una forma de liberación, una muy sutil.

Clave importante en la lectura de Las herederas resulta la declaración del realizador de que Las amargas lágrimas de Petra von Kant fue una influencia directa para elaborar el drama de esta pareja; pero el aspecto implacable y cruel de la relación que explora Fassbinder queda a cargo de este mundo femenino donde los hombres se miran desde fuera, como meros objetos.