Azteca Uno

La programación de Azteca Uno –que fue Canal 13– se compone básicamente de emisiones de concurso. La disputa ocurre en el frívolo nivel de la moda, el erotismo fingido entre parejas que no lo son, el canto imitador de otros artistas, el baile, la comida. Del otro lado de la pista están los jueces: Provienen de la pantalla chica, han sido protagonistas de series, telenovelas y mesas redondas.

Algunos títulos son Este es mi estilo, mujeres que desfilan por la pasarela con atuendos, arreglo, peinado y actitud similar. Apenas algunos rasgos permiten distinguirlas. Se mide la apariencia, por lo cual en la decisión de los jueces campea el subjetivismo.

Mi pareja puede lo dice todo en el título: Destaca el lenguaje: “¡Carmen y Miguel sacan el power en las barruquis del amor!” o este otro: “¡Ana y el meneo chileno traen un flow impresionante!”. Las pruebas no requieren destreza mental, si acaso algo de concentración. Se juega en pareja, pero las reglas cambian intempestivamente; así, el cómplice puede convertirse en el adversario por obra y decisión de los productores.

En México tiene talento cualquiera puede inscribirse e ir al set a presentar su espectáculo,­ actuación, desempeño musical, acto de magia, y también a cantar mientras pinta, aunque no tenga capacidad ni carisma. Largo, repetitivo, aburrido, soso por los comentarios del jurado, que no salen del lugar común. La escenografía no destaca por su originalidad.

Masterchef México convoca a 18 cocineros para irlos descartando uno a uno hasta que al final queda el gran ganador. Como todo concurso, éste se encuentra regido por el tiempo marcado para preparar los platillos, por la habilidad para hacerlo en esos minutos y por el sabor apreciado en la degustación. Se trata de una franquicia para la televisión.

Enamorándonos es un duelo entre dos personas para saber si pueden estar juntas. En el escenario está la parte interrogadora –un grupo de jóvenes adiestrados en plantear cuestiones banales– y dos conductores intentando moderar las pullas que surgen. Tanto las preguntas como las respuestas provienen de un guión, sirven para caldear el ambiente sólo un poco. La apariencia de los participantes es tan artificial, tan cubierta de maquillaje, sus respuestas simplistas y dentro de lo socialmente correcto, que no concitan interés. En otros episodios suceden citas en un jacuzzi, paseos en autobuses turísticos disfrazados como en carnaval. Campean la tontería y el exhibicionismo.

En general estos programas son baratos de producir, están plagados de anuncios que portan los participantes, aparecen formando parte del escenario y suceden en los cortes. Se llenan así barras de programación de entretenimiento difundidas de lunes a viernes. Y se gana dinero con eso, “con abonos chiquitos” de estulticia.