El insólito acervo artístico del Hospital de Nutrición

Que los temas “sean alegres, con armonía, luz, color”, esa es la idea que Palmira de la Garza, curadora de la gran colección de obra artística del afamado complejo médico, resalta en cada uno de sus espacios para integrarla al mundo de los pacientes. Son más de 500 obras, muchas de ellas donadas por éstos, pero también entregadas por creadores de relieve. De la mano de la especialista, Proceso recorrió el extraordinario bagaje de este instituto de excelencia médica.

No sólo es de los mejores hospitales de tercer nivel en el continente y uno de los menos caros para los pacientes adultos mexicanos.

El Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán (INCMNSZ) cuenta además con una magnífica colección de artes plásticas, en buena medida donada por los propios pintores y escultores de nuestro país, algunos de ellos atendidos por los especialistas del prestigiado nosocomio en Tlalpan, al sur de la capital.

“Tenemos 519 obras y están distribuidas en jardines del instituto, en consultorios, pasillos, muros y todo el hospital”, explica Palmira de la Garza y Arce, coordinadora de Arte y Cultura, en su oficina de Hospitalización, su inmueble mayor (que comprende la cuadra entre avenida Vasco de Quiroga, al oeste; calle lateral de Viaducto Tlalpan, al este; avenida Martín de la Cruz, al norte, y San Fernando, al sur).

La primera obra, del actor, arquitecto, historiador y pintor habanero René Alís, fue el imponente mural Las Ciencias y las Artes, de 9×3 m, ubicado en el vestíbulo del Auditorio y realizado en altorrelieve hacia 1982, durante en la gestión al frente del instituto del doctor Manuel Campuzano Fernández (Proceso 111).

–En su sitio en internet tienen una parte en donde están seis de los pintores de su acervo: Mauro Gómez Vázquez, Argelia Rojas, Leonardo Nierman, Héctor Cruz García, Antonio Apodaca y Enrique López Pacheco; pero hay muchas pintoras, y usted dice que son más de 500 obras.

–Sí, por ejemplo, Emma Guzmán Ayala ha donado 50 y el maestro Apodaca 15, es decir, no son 500 los autores. De Mauro Gómez tenemos seis obras, lo que aparece en la página web muestra sólo una pequeña parte de la colección.

La entrada norte a Laboratorio y Toma de Muestras (unidad, por cierto, llena de pacientes cada mañana tempranito entre semana) conduce hacia algunas piezas emblemáticas de Emma Guzmán, como Pensamientos estelares y Vida llena de alegría, ésta con técnica mixta que ella describe como “un cuadro lleno de flores, lleno de vida, lleno de colores, así como me reciben cuando yo llego a este hospital” (https://youtu.be/Mk6RF8quijo).

–¿Cuál es la condición para las donaciones, posee algún perfil de elección?

–Tenemos un grupo de trabajo, en el cual nos reunimos una vez al mes y ahí vemos y discutimos la obra en cuestión –responde Palmira de la Garza, quien lleva más de dos décadas en el INCMNSZ–; la única condición es que ésta sea donada, dé bienestar­ a nuestros pacientes y usuarios, y buscamos que los temas sean alegres, con armonía, luz, color; esa es la idea, que las obras tengan esas características.

–Ustedes promueven el programa “El artista del mes”. ¿Hay también exposiciones en el instituto?

 –No, solamente en alguna ocasión en particular, como la del 70 aniversario del instituto, en 2016. No se cuenta con recursos para asegurar las obras, tampoco para el montaje de exposiciones, incluyendo espacios, vigilancia, control de accesos, etcétera. Ni para hacer el catálogo (https://www.innsz.mx/opencms/contenido/SetentaAniversarioINCMNSZ).

La meta es “seguir consiguiendo cuadros” y “continuar lo que iniciamos hace más de 35 años”.

–¿Habrá un límite de cuadros, llegará a decir que ya no caben más?

 –No lo creo. Se construyen nuevas áreas, a los pacientes les gusta mucho ver los pasillos y ver una y otra vez las obras, para mí es una gran satisfacción ver que disfrutan y se tomen una foto. También desde hace más de 15 años se organizan eventos culturales de forma mensual e ininterrumpida, somos una de las sedes del Instituto Nacional de Bellas Artes. Es el único hospital que tiene ese doble programa, el de la obra plástica y los conciertos.

“La intención es hacer sentir al personal del instituto, al paciente, a los familiares del paciente y a la gente que lo visita, el gran valor cultural que hay; hacer sentir que es un privilegio ver en los pasillos estas obras de arte. Pretendemos que la obra transmita, a través de la luz y el color, esperanza, armonía, bienestar en momentos difíciles.”

Un largo camino

El INCMNSZ es un hospital de tercer nivel de atención, o sea, perteneciente a las instituciones de salud equipadas con alta complejidad para problemas de salud que requieren mayor tecnología y aparatos médicos.

En 1944 se publicó la ley que creó la forma administrativa del Hospital de Enfermedades de Nutrición (HEN). Un año más tarde, el doctor Salvador Zubirán Achondo­ (Cusihuiriachi, Chihuahua, 1898-DF, 1998) fue nombrado su director general, y el 12 de octubre de 1946 el HEN se inauguró en la calle Doctor Jiménez 261, de la colonia Doctores. Luego de 20 años comenzó la construcción del Instituto Nacional de Nutrición (INN) en Viaducto Tlalpan. Para el año 2000, el Diario Oficial inscribió al INN en la Ley de los Institutos Nacionales de Salud, cambiando a su nombre actual.

La plaza central del INCMNSZ cuenta con las piezas Humanismo de Leonardo Nierman (DF, 1932); no obstante, la estatua sobresaliente es la que se halla en la llamada Fuente del Quijote, del arquitecto Orso Núñez, inaugurada en 1993 y ahora un tanto abandonada allí. Es Don Quijote, del escultor Santiago de Santiago (Ávila, España, 1925), en torno al poema del publicista colombiano Álvaro Orduz León “La cruz y la rosa” (a su colega Eulalio Ferrer):

Regresa, don Alonso, otra vez a esta Tierra

hundida en el delito, los odios, el dinero… 

Suelta palomas blancas donde tiemble
la guerra

y muéstranos, erguido, en señal
de esperanza,

una cruz en el pecho y una rosa en
tu lanza. 

Atravesando jardines horizontales y colgantes hacia el oriente, el médico Francisco Javier Merayo Chalico (Ciudad de México, 1983), adscrito al Departamento de Inmunología y Reumatología desde hace una década, guía a Proceso por el inmueble donde laboró con su colega Jorge Carlos Alcocer Varela (hoy al frente de la Secretaría de Salud), durante sus periodos como director, en 1992-2002 y 2011-2018:

“Él fue mi tutor para un par de investigaciones y lo aprecio mucho por ser una persona sensible. Aún pueden comprobarlo en su oficina, es una enciclopedia de arte, y aquí miramos los carteles enmarcados por él con pinturas del suizo Paul Klee; el doctor Alcocer trajo litografías suyas pues admira a artistas que padecen enfermedades reumatológicas y sobre ellos ha publicado estudios. En particular, Klee tenía escleroderma, que es una enfermedad de la piel.”

Se observan personas esperando cita sentadas, mientras leen libros ilustrados (Vermeer, Saturnino Herrán), así como ejemplares de la revista La Camiseta que edita Jacqueline Pineda Pineda, del Departamento de Comunicación y Vinculación (ver recuadro).

“Si hay algo que posee este hospital es no nada más su excelencia médica, sino el ser un referente a nivel mundial también del arte. Ya bien lo dice el refrán: ‘Aquel que sólo de medicina sabe, ni de medicina sabe’. En especial, el doctor Donato Alarcón Segovia, quien fue el fundador del Departamento de Inmunología, el doctor Jorge Sánchez Guerrero y el doctor Alcocer, siempre fomentaron una estrecha relación con la parte de la cultura, no únicamente entre los médicos, sino igual con los pacientes.” 

En el lugar marcado como “sitio de reu­nión”, el reumatólogo muestra la creciente escultura alada Vuelo de aves de Ángela Gurría (DF, 1929), primera mujer en ingresar a la Academia de las Artes de México en 1973. Merayo:

“Simboliza a cada una de las personas que se gradúa de este departamento para irse luego a otras clínicas y pueblitos a hacer su nido y ofrecer sus conocimientos para los más necesitados.”

Junto a Hematología-Oncología y Gastroenterología, el Aula Pirámide es un acogedor auditorio para conferencias multimedia de especialistas, no obstante estar a unos metros del ruidoso Viaducto Tlalpan. Subiendo unos cuantos escalones, en el vestíbulo sobresale uno de los cuadros de mayor formato con figuras de médicos, investigadoras, pacientes mujeres, un chavito enyesado y una anatomía humana: La magia de la imagen, técnica mixta sobre tela de Fernando Pacheco y Gerardo Lenin, dedicado al Departamento de Radiología e Imagen.

Asimismo, el díptico solar El Otro Mar de Mauro Gómez, “para el doctor Jorge Vázquez Lamadrid”, y otro desbordante de formas y colores fuertes por Emma Guzmán: El laberinto.

Pincelazos de sanidad

Dos son las entradas principales al instituto vía Vasco de Quiroga: por San Fernando, Urgencias; y luego la Unidad de Pacientes Ambulatorios (UPA).

Abierta, suena increíble que con frecuencia los automovilistas frente a la sala de Urgencias del INCMNSZ toquen el claxon; en realidad, no es fácil estacionarse en horas hábiles, pero por aquí pasaron personajes como Gabriel García Márquez, Carlos Monsiváis, Fernando del Paso y José José, sin que casi nadie se percate de un elefante a la izquierda de la puerta cristalina. 

Significativamente, la pintura en acrílico se llama Bienvenida, y el autor es Juan Carlos Breceda (El Rosario, Sinaloa, 1955); al fondo a la derecha, el sanitario, y otro cuadro (del a veces llamado El Picasso de México), Gallinas en casa. Uno más en técnica mixta no deja lugar a suspicacia: Mi pueblo se eleva para recordarles su terruño a los que vienen de poblaciones lejanas (quizá desde donde su clínica del IMSS o del ISSSTE los han remitido al INCMNSZ por carencia de materiales); un lienzo con todo e iglesita a la cual regresarán cuando el tratamiento médico haya triunfado.

Entre el ambiente agitado y “por si acaso”, alguien ha colocado en la ventana al lado de la tiendita y cafetería dos papeles con plegarias e imágenes diminutas: la Guadalupana y el Santo Niño Jesús, “doctor de los enfermos”. Pronto, las miradas quizás advertirán carteles in situ publicitando la exposición de Paulina Bucher (1952-2018), “Artista del Mes”; el anuncio “Sesión Cultural” sobre concierto del pianista Alberto Cruzprieto, el 28 de marzo a las 17:30 horas, “transmisión en vivo Facebook Live”. O “Bienestar es estar bien”, con elocuente sonrisa tipo emoticón.

El enfermo de a pie entra y, tras un árbol lozano, las letras metálicas avisan de un lado: Atención Institucional Continua y Urgencias; del otro: Unidad Dr. Donato Alarcón Segovia. En el salón de Consulta Externa lucen siete telas de Jacobo Margolis (León, Guanajuato, 1929). Por el pasillo al suroeste, la caja de facturación con un vigilante acrílico: Girasoles, de Edith Pérez. Atrás queda el rojizo Homenaje a Salvador Zubirán de Enrique Carvajal, alias Sebastián (Camargo, Chihuahua, 1947), de seis metros de alto.

Una puerta giratoria da acceso a la planta baja de Hospitalización. De inmediato destacan el retrato de Salvador Zubirán, por Alejandro R. Creel (DF, 1944), obra de 2004 que “surgió como agradecimiento a la atención que tuvieron conmigo en momentos críticos en cuanto a mi salud”, óleo sobre tela con mortero; e Iztlacíhuatl y Popocatépetl, de Jorge Espinosa Chacón (DF, 1968), uno de los varios en torno al tema de volcanes mexicanos con El pico de Orizaba, del michoacano Austreberto Morales Ramírez (Cuitzeo, 1932), en el pasillo a Hefesto. Los cuadros se multiplican por los cuatro pisos donde yacen los enfermos. Lejos del elevador se descubre un óleo del expresionista Gilberto Aceves Navarro (DF, 1931): Sección del tiempo 3.

No podía faltar la Sala de Meditación, suerte de capilla con El amor es el poder real, de Víctor Mohedano (DF, 1956), que reza: “El amor es el poder real entre todos los poderes. No temas a la oscuridad si llevas la luz dentro de ti”. Siguiendo a la derecha, en ruta a las oficinas del director general, doctor David Kershenobich Stalnikowitz, gira un “Gallo” de José de Jesús Benjamín Buenaventura de los Reyes y Ferreira, el popular Chucho Reyes (Guadalajara, Jalisco, 1880-DF, 1977); la puerta inmediata corresponde al despacho de la licenciada Palmira de la Garza, quien nos conduce al Auditorio Salvador Zubirán.

Flanquea el mural de Alís un cuarteto en papel: La destrucción del orden, ambos donados por Fernando del Paso, y de Aceves Navarro la tinta y acuarela Rembrandt abrazando a un cadáver con su Lección de Anatomía. De María Eugenia Pérez del Toro es el bronce Monolito, y, no muy lejos, dos magnos tapices, Pájaro de fuego en lana y seda de Leonardo Nierman. Entonces sucede el momento más emotivo de la visita “museística”: Un nicho alberga las cenizas y el busto dorado del doctor Salvador Zubirán Achondo (“forjador de instituciones”) cincelado por Ernesto Tamariz Galicia (1904-1988), con la frase de su biografía adherida en un vitral: “He amado con pasión a la medicina, cuya íntima naturaleza es la de servir”.

Su consultorio se recrea fielmente, coronado por el óleo Nostalgia de su nieto Salvador Zubirán Millán, quien escribió en 2001: “Un día soñé con mi abuelo, en donde me decía: ‘Salva, me gustaría que este cuadro estuviera en el instituto’, y cuando volteábamos en mi sueño, este cuadro estaba colgado junto a su oficina”.

La última entrada es a la UPA, casi esquina avenida Martín de la Cruz, con un dinámico óleo gigante diseñado y coloreado por niños y niñitas. Al descubierto, Philip F. Gragar (1925-2017) obsequió dos tótems expresionistas de madera titulados Tres caras. El edificio es de siete pisos adornados de obras pictóricas para hacer menos pesada la espera del paciente (si bien el celular ya entretiene de sobra a los citados, aun contra la orden gráfica de no usar teléfonos inalámbricos); lo cierto es que, en la planta baja, Alejandro R. Creel plasmó una emblemática alegoría del quirófano con su enorme lienzo tricolor El arte de la medicina, obra que no logra pasar inadvertida.

Una jovencita cubierta apenas por una batita en la playa parece estar buscando algo o a alguien… Es la vasta pintura Chelam de Javier Guadarrama (Iguala, Guerrero, 1960). A manera de la película El reino (Riget, 1994) del danés Lars von Trier –a decir de ciertos trabajadores de Nutrición–, a esta chiquilla misteriosa del cuadro se le ha visto rondar sospechosamente por las noches en los recovecos del INCMNSZ.

Jacqueline Pineda confirma el dicho, aunque no piensa que sea verdadero.­