Ni Maduro ni Guaidó… ni intervención

En la medida en que el conflicto entre el gobierno de Venezuela y la oposición se agudiza, el debate tiende a concentrarse alrededor de Nicolás Maduro y Juan Guaidó, mientras la opinión de los ciudadanos y las alternativas que ellos podrían ofrecer son puestas en segundo plano. En conversación con Proceso, tres académicas venezolanas ofrecen su lectura de la crisis y de sus posibles soluciones.

Que participe el pueblo

–Quienes en el exterior vemos la situación venezolana recibimos desde retratos apocalípticos hasta intentos por mostrar que la vida transcurre con normalidad. ¿Cómo formar una opinión objetiva? –se le pregunta a Liliana Buitrago, investigadora del Observatorio de Ecología Política de Venezuela.

–Debemos poner las cosas en perspectiva. Sería una burla decir que no pasa nada, como también es un error pintar al país como si todos estuviéramos comiendo de la basura. Es innegable que Venezuela atraviesa una crisis económica grave. Han aumentado la indigencia y la mortalidad infantil; algunas personas se están subalimentando… Ahora bien, a fin de contrarrestar la campaña mediática de la oposición, hay quienes procuran mostrar que la vida transcurre normalmente, que la gente se divierte en los centros comerciales, las playas y los restaurantes de lujo. 

“Me parece que hacer eso es una falta de respeto para la gente que la está pasando mal. Sí hay un sector que mantiene un alto nivel de vida, sobre todo quienes están en contacto con la economía dolarizada. Pero es un sector minoritario. El venezolano de a pie no está pudiendo pagar esa comida ni su ropa ni el transporte.

“El sistema económico está en estado crítico. Por un lado tenemos las sanciones económicas impuestas por Estados Unidos. Según ciertos reportes, estas sanciones representan una pérdida de 350 mil millones de dólares. En segundo lugar tenemos un grave problema de corrupción. Según informes de la Asamblea Nacional (que hay que tomar con reservas) la corrupción en el gobierno representa un desfalco con un costo incluso mayor que el de las sanciones. 

“Y esto tiene una consecuencia grave que el debate público no está tomando en cuenta: como respuesta a la crisis económica, el gobierno profundiza el modelo extractivista, abriendo el territorio nacional a capitales extranjeros, principalmente de China, Rusia y Turquía. Más de 12% del territorio ha sido ya comprometido para la minería. No se respeta a las comunidades, no se les consulta, se violan acuerdos internacionales y los campesinos quedan a merced de una coalición de terratenientes y grupos paramilitares que operan al amparo de las fuerzas de seguridad.

“Todo esto se minimiza y justifica con el argumento de que estamos en guerra económica. Pero es una salida equivocada: no se puede salir del extractivismo intensificando el extractivismo. Estamos en situación de emergencia, pero la salida no puede ser neoliberal. Venezuela se está convirtiendo en un botín disputado por Estados Unidos, China y Rusia.”

–¿Hay algún camino para superar la confrontación? 

–Políticamente nos encontramos en una ruptura del orden constitucional. Ni el presidente ni el Tribunal Superior de Justicia fueron respaldados por la Asamblea Nacional. 

“La Asamblea Nacional está en desacato a la Constitución. Y la Asamblea Nacional Constituyente (ANC) se ha convertido en un organismo que le permite a Maduro gobernar por decreto. 

“Lo que está haciendo la Asamblea Nacional no es democrático. Lo que está haciendo el gobierno tampoco. No podemos seguir teniendo una administración que gobierna por decretos especiales. Sobre todo cuando la ANC está aprobando leyes que comprometen la soberanía nacional. Pero tampoco se puede aceptar la medida injerencista planteada por Guaidó.

“Cuando Estados Unidos y Guaidó hablan de ‘ayuda humanitaria’ es una hipocresía. Si les interesara la gente, si les interesara Venezuela, lo primero que harían sería retirar esas sanciones económicas. Lo más grave de la situación actual es que el pueblo no está siendo consultado ni se ve como protagonista. La salida tiene que ser con la gente, con el pueblo venezolano. 

“Estoy a favor de llamar a un referéndum que renueve todos los poderes. En Venezuela hay un modelo político que impulsa la democracia participativa, así que lo mínimo que debería hacerse es una consulta nacional. Hay que darle al pueblo la posibilidad de participar y tomar la decisión sobre el conflicto. No puede ser algo elegido por las élites, por las cúpulas ni por gobiernos extranjeros.”

Irrupción militar, lo peor

Alejandra Méndez, socióloga por la Universidad Central de Venezuela, da su opinión respecto a la Revolución Bolivariana, a 20 años de su inicio.

“La llamada Revolución Bolivariana es más bien un largo proceso de cambios que se inició con la creación de una nueva Constitución. En primer lugar yo separaría la época de Chávez de la de Maduro. El primero tuvo un inicio débil por los bajos precios petroleros desde 1999 hasta 2004. A partir de 2005 y hasta 2010, cuando aumentan los precios del petróleo, hubo una expansión económica importante: se crea el sistema de Misiones (un plan de programas sociales), comienza la construcción de viviendas y se avanza en la integración latinoamericana. 

“Pero a partir de la enfermedad y muerte de Chávez, Venezuela entró en un limbo económico que duró dos años. Maduro asumió la Presidencia en 2013 y militarizó las actividades económicas que tienen que ver con la alimentación y más tarde incorporó a los militares a actividades relacionadas con la importación en general. A partir de 2013 el deterioro se desata. 

“Mientras el gobierno y la oposición tensan la situación política, los que vivimos la cotidianidad en Venezuela somos los verdaderos afectados. Además de los salarios disminuidos o los cambiantes precios del transporte público, nos encontramos con un aumento desmedido en los precios de la comida y de los medicamentos, que se duplica semanalmente (los economistas calculan la inflación diaria en 3%). Como consecuencia, las amas de casa empleamos la mayor parte del tiempo en la búsqueda de alimentos y medicinas a mejores precios y en ello se agota nuestra cotidianidad. Este panorama desalentador se ha ido generalizando.”

–¿Se puede decir algo en favor del gobierno de Maduro? 

–El gobierno anuncia planes y salidas financieras y macroeconómicas que no se sienten en los mercados reales de alimentos. También pone en marcha algunos programas de construcción de viviendas.

“Hay aumentos salariales continuos (aunque se disuelven rápidamente por la hiperinflación), aumentos a las pensiones, al salario mínimo, bonos a discapacitados, embarazadas, jóvenes, cajas y bolsas de comida a un precio ínfimo. Pero es insuficiente para compensar la crisis.

“Las sanciones exteriores pesan, pero también se han convertido en la excusa del gobierno para culpar al ‘imperio’ de la guerra económica. El resultado es que hemos llegado a una situación de aceptación del deterioro, a la normalización de la pobreza, a la pauperización y la mercantilización de la misma. Finalmente tenemos el problema de la diáspora, calculada en alrededor de 2 o 3 millones de personas. Es, en fin, un proceso de empobrecimiento global.”

–¿Qué se piensa del camino por el que está optando la oposición? 

–Por supuesto que una intervención militar estadunidense sería lo peor. Y si el gobierno de Maduro ha sido malo, la alternativa opositora entraría con un programa neoliberal, que conocemos bien porque lo vivimos con la Cuarta República: eliminación de subsidios, endeudamiento con el FMI, privatizaciones de toda índole que llevan al aumento de la pobreza estructural y al mayor control de las trasnacionales. ¿Diálogo? ¿Negociación? Es posible que esto resuelva la crisis política, pero quedarán pendientes la crisis económica, la social y la institucional. 

Discurso polarizado

Luz Patricia Mejía, excomisionada de la CIDH y actual secretaria técnica de la Convención Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres, de la OEA, opina a título personal:

“En Venezuela hay dos grandes sectores que polarizan el discurso. Para unos se está con Maduro o se está con la intervención militar. Para otros se está con la oposición o se está a favor de un gobierno de corte dictatorial. Pero estas miradas binarias no permiten ver la complejidad del problema. 

“Desde su surgimiento, al chavismo se le ha dificultado digerir la crítica. Chávez ejercía la crítica desde arriba, pero la que venía desde fuera no era bien recibida. Este problema se agravó con Maduro, que es profundamente autoritario y tiene menos capacidad estratégica, de suerte que ha reducido los espacios en que la disidencia constructiva y democrática podría desarrollarse. 

“Por su parte, la llamada ‘Unidad Democrática’ es muy heterogénea. La componen partidos de centroderecha, de centro, gente de izquierda, incluso exchavistas. Y también están las élites y la extrema derecha, que hoy capitalizan el descontento y cuyo discurso es un caldo de cultivo para las posturas más extremistas. 

“Al nivel de la ciudadanía también hay inercias que polarizan a la sociedad. Los sectores populares, la base social del chavismo, tienen mucho miedo de la derecha. Temen que si la derecha llega al poder, perderán las pocas prebendas sociales que conservan.

“El gobierno de Maduro consolidó ese miedo y hoy lo utiliza como instrumento de control. En el lado opuesto, gran parte de la oposición al chavismo se construyó a partir de la propagación del miedo (las campañas de que el gobierno iba a quitarle a la gente sus propiedades, etcétera). Es un problema grave. En Venezuela el miedo se sembró en ambos lados. El otro fue convertido en un representante del terror. 

“Luego está el problema del clientelismo. Lo cierto es que el chavismo no consiguió generar procesos perdurables de empoderamiento popular. Chávez creó el Ministerio de las Comunas con el objetivo de organizar desde las comunidades la producción, el conocimiento, la organización de la vida pública. Pero esto no se logró de manera perdurable ni general. 

“En la mayoría de los casos, las comunas dependieron del gobierno para recibir recursos, lo que les restó autonomía. A fin de cuentas, los fallidos intentos del proyecto comunal desembocaron en la creación de relaciones clientelares entre el gobierno y las bases.

“Finalmente, el gobierno depende cada vez más del sector militar. Maduro se ha mantenido en el poder, en gran parte porque en los últimos cinco años ha ido poniendo en manos de los militares diversos sectores de la economía: ellos manejan hoy el diferencial cambiario, los ingresos petroleros, los recursos naturales, la repartición de los alimentos, la explotación del arco minero.

“Todo esto me hace pensar que estamos de regreso hacia una situación semejante a la de los ochenta y noventa: crecimiento de la pobreza, dinámicas absolutamente clientelares, falta de credibilidad en la política, exclusión y una brecha creciente entre ricos y pobres.”

–¿Se vislumbran salidas que eviten un desenlace violento? 

–Tras los acontecimientos de las últimas semanas, los sectores de la oposición que no pertenecen a la extrema derecha comenzaron a expresarse contra la posibilidad de la intervención. Han dicho no a la intervención militar, no a la guerra. La guerra no es la salida que queremos.

“Lamentablemente, en Venezuela hay violaciones a los derechos humanos, como las hay también en otros países de la región. ¿Por qué, entonces, la presión sobre este país? Por una razón muy concreta: porque el régimen venezolano, desde el gobierno de Chávez, se ha manifestado contra los intereses de los grandes capitales. 

“Pero también debemos partir del reconocimiento de que los poderes políticos están operando por fuera de las bases constitucionales. El presidente no compareció ante la Asamblea Nacional. La ANC no es tal cosa: es un parapeto montado por Maduro para gobernar por decreto. 

“La Asamblea Nacional está, indiscutiblemente, en desconocimiento de la Constitución, pues la vía de la autoproclamación no existe. 

“Sin embargo, creo que aún es posible encontrar vías para que los poderes públicos recuperen su legitimidad. Y esto pasa por la consolidación de un árbitro electoral que resulte aceptable para ambas partes. Sólo la renovación del árbitro electoral permitiría una refundación de los poderes. Que gane quien tenga que ganar, y que las consultas se den a través de procesos transparentes, con el mayor abanico posible de votantes.”