“El Ángel”

Carlos Robledo Puch, apodado El Ángel, carga con el sanbenito del asesino serial más famoso de la historia de crímenes de este tipo en Argentina; su carrera fue corta, apenas un par de años al salir de la adolescencia, y pronto fue encarcelado y condenado a una forma de cadena perpetua desde 1972.

De ricitos y cara de niño bueno, El Ángel (Argentina-España, 2018), protagonizado por Lorenzo Ferro, estremecía a la opinión pública, bien explotada por la prensa, con ese contraste, irreconciliable, entre su apariencia de joven educado y los crímenes cometidos de manera fría y sanguinaria. La historia, coescrita y dirigida por Luis Ortega, coproducida por Pedro Almodóvar, se apoya en esa tensión, entre valores familiares, escuela y la adrenalina de aprender a robar, matar de entrada a las víctimas incluso antes de cometer el delito.

La cámara de Ortega se detiene en el rostro de su Ángel negro, escudriña la mirada, y le atribuye una complicada patología sexual apoyada sólo en lenguaje visual; el objeto de deseo y eje de las motivaciones criminales de Robledo se derivarían de la relación con sus cómplices, sobre todo con Ramón (Chino Darín), quien presume de macho pero recurre a prácticas homosexuales, y cuyo padre se vuelve maestro y mentor del crimen.

Podría lamentarse que Ortega desaproveche la oportunidad para debatir el problema de base (el militarismo), el por qué la sociedad y los medios argentinos se dejaron seducir de tal manera con este personaje, cruel aunque enfermo hasta el tuétano, mientras el país vivía terrorismos, represiones, asesinatos y torturas políticas de los dos lados. Quizá no haya manera de responder y aclarar el asunto, pero no hay duda de que Robledo Puch condensa contradicciones sociales y morales en la psique colectiva del momento.

Si desde el punto de vista del documento elude la ecuación sociológica, El Ángel ofrece, a cambio, un viaje al inframundo acompañado de este ángel infernal con un cuidadoso diseño retro de los setenta, moda, cortes de pelo, automóviles, con rock de época en español, evocación de Buenos muchachos con un pulso a la Scorsese que sabe deslizarse por la pendiente de la violencia, con escenas cada vez más atroces y hasta con coreografías inesperadas.

Y si la correspondencia entre los hechos reales y la versión de la película dispara críticas y reproches, Luis Ortega crea una ficción con un personaje diabólico y encantador, de mirada vacía, con empatía casi cero si no fuera porque Ramón le provoca deseo y envidia. Visto así, el drama que Ortega propone es el del intento fallido de la construcción de identidad de un adolescente en un mundo imposible.