El pujante cine chileno, invitado de honor

“Una tormenta de emociones positivas” le significó a Constanza Arenas el hecho de que a la nueva cinematografía chilena se le reconociera en la reciente edición del Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG). Directora de CinemaChile, Arenas fue entrevistada en torno a la problemática de filmar en su país tras “el apagón” durante la dictadura pinochetista, además de sus compatriotas: el cineasta Camilo Becerra (Trastornos del sueño) y el productor Juan de Dios Larraín, Oscar 2018 por la mejor cinta extranjera Una mujer fantástica.

GUADALAJARA, JAL.- Desde los años noventa, la cinematografía de Chile posee una ley que necesita renovación, al tratarse de un cine poco visto por el público local y contar con fondos concursales acotados y competitivos para financiar etapas de algún proyecto fílmico. 

 En general, ese país de América del Sur produce al año 140 cintas (cortos y largos de ficción, documental y animación), pero sólo una treintena se estrena a nivel comercial.

No obstante, Constanza Arenas, directora de CinemaChile, apunta que el año pasado fue la película chilena Una mujer fantástica, de Sebastián Leilo, la cual ganó el Óscar como Mejor Película Extranjera, “impulsando a que se creara una ley de identidad de género en Chile”.

CinemaChile cumple una década y es responsable de la promoción y la difusión de la producción audiovisual chilena en el mundo. Fue creada en 2009 por la Asociación de Productores de Cine y Televisión (APCT) y ProChile, bajo el programa “marcas sectoriales”. Pretende ser una plataforma activa que facilite la exportación de cine y la diversidad de la producción audiovisual nacional, tanto para las empresas establecidas en el circuito internacional como para aquellas que recientemente han abierto el camino hacia la exportación al mundo. Promueve las películas chilenas en festivales internacionales, desde su participación en concursos hasta eventos de la industria.

Arenas menciona que el hecho de que la cinematografía chilena haya sido reconocida en la 34 edición del Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG), efectuada del 8 al 15 de marzo, significó “una tormenta de emociones positivas”.

Apagón tras pinochetazo 

Luego, destaca a Proceso:

“La cinematografía de mi país ha mantenido una excelentísima relación histórica con México y con el festival, y cuando aceptamos esta bellísima  invitación nunca me imaginé que iba a ser de tal magnitud. Esto va a acelerar la firma de un convenio de coproducción y eso es algo que estábamos esperando hace mucho. Chile y México poseen mucho talento; pero además, México posee una industria consolidada con una tradición histórica muy potente con grandes estudios posicionados aquí.” 

Además, cuenta con 6 mil 500 pantallas, mientras Chile sólo tiene 360.

“Chile es un país muy pequeño con un mercado doméstico, y cuando sucede que cuenta con un talento muy grande y numeroso, tan vivo por ser Chile un país de poetas, músicos, y de cinematografía, no cabe otra opción más que salir al mundo.”

Arenas resalta recomienda que el Estado esté presente para que las películas sean accesibles al público, “no solamente por un tema de negocio, de sustentabilidad de una industria, sino también por un tema social e ideológico”. Para ella los filmes chilenos, propios, locales, “con nuestro lenguaje, idioma, acentos, sonidos y temáticas” incitan a que la reflexión sea “un poquito más profunda que cuando únicamente se piensa en el cine para el ámbito del entretenimiento”.

Además, “debe haber una facilidad para la distribución porque las campañas de marketing son muy caras y por lo tanto hay que hacer que la comunicación para el público sea más eficiente”. De eso, apunta, “todos nos quejamos, pero hay lugares donde es más acentuada la problemática y Chile es un ejemplo”.

–¿Qué tanto le afectó al cine chileno la dictadura?

–Fue un apagón, es decir, lo afectó mucho a tal punto que los directores eran perseguidos, no había libre expresión ni la posibilidad de crear cine, por lo tanto tuvimos cuarenta años de silencio, y los cineastas debieron exiliarse en Europa u otros países.

Caso emblemático fue el del documentalista Patricio Guzmán, reconocido a nivel internacional por La batalla de Chile y Salvador Allende.

En torno a las temáticas del nuevo cine chileno, señaló: 

“Diez años atrás, la temática recurrente del cine chileno era política o una revisión política inmediata de la dictadura. Hoy en día los tópicos son muchísimo más diversos, relacionados con la contingencia contemporánea, la desigualdad y la injusticia social, la disparidad económica, la identidad de género, los derechos femeninos y los inmigrantes, en fin. Es un cine muy vivo, muy conectado con nuestro país, y desde lo local a lo global.”

“Trastornos del sueño”

Escrito y dirigido por Sofía Paloma Gómez y Camilo Becerra, el largometraje Trastornos del sueño se proyectó dentro del programa de Cine Chileno Contemporáneo. 

 Trata de Joel, quien vive prácticamente en su trabajo. Es velador en el edificio habitado por su prima Mari, una mujer independiente, recién divorciada y con la cual mantiene una frágil relación basada en el sexo. 

En vísperas de las fiestas de fin de año, Joel es despedido de su chamba, por lo cual deberá volver a la pequeña casa de su madre y su abuela, una anciana que padece de Alzheimer. El hacinamiento, la emergencia de la enfermedad y la distancia física y emocional de Mari convierten los festejos en días infernales y obligan a Joel a abandonar sus fantasías infantiles, para tener que buscar un trabajo en donde volver a refugiarse.

Los actores son Simón Aravena, Claudia Flores, Angélica del Pilar Flores Herrera, Carla Gaete, David Hernández y Carmen Rosa Herrera, entre otros. Para los directores, Trastornos del sueño es un drama social, “una película de descontento donde lo importante no es sólo conocer a los personajes, sino también las circunstancias materiales que repercuten en sus acciones y en su psicología”. En entrevista, Becerra recuerda cómo nació este proyecto, que por primera vez se proyectó fuera de Chile:

“Necesitábamos hablar del descontento. Surgió a partir de la observación de un conserje, el cuidador nocturno de un edificio que conocemos. Nos pareció interesante indagar acerca de la vida de una persona que tiene un trabajo monótono y difícil, incluso peligroso si uno piensa en todas las dificultades fisiológicas que genera vivir de noche, a contrapelo de la mayoría de las personas que lo rodean. Ése fue el punto de partida.” 

–Joel es un joven sin oportunidades… 

–Deseábamos mostrar la falta de oportunidades; pero aún más que eso, la violencia latente que esa situación genera. El personaje es una especie de volcán a punto de estallar pero que nunca termina de hacerlo, lo cual es más peligroso aún. Pensamos que personajes como éste son habituales en una ciudad como Santiago, en donde se puede sentir en el aire mucho descontento, frustración y violencia reprimidas.

Sobre si en Chile es laborioso efectuar un cine de denuncia social, dice:

“Lo más difícil es superar la apatía del público acerca de este tipo de películas. Creemos que el gusto o las modas son cíclicas y en ese sentido, estamos atravesando un momento en el que una película oscura como la nuestra no es lo que la gente quiere ver. Sin embargo, y eso es interesante, nunca esto es absoluto, siempre hay una audiencia interesada en propuestas como Trastornos del sueño que buscan algo diferente a la postal de un Chile como país desarrollado. Hay muchas cosas buenas allá que nosotros no negamos para nada; no obstante, nos interesa mostrar lo que consideramos tiende a ser invisibilizado y permita reflexiones acerca de la forma en la cual estamos construyendo nuestra realidad, la trastienda del progreso.”

–¿Cómo construyeron a Joel y Mari en el papel y en la pantalla?

–Nosotros escribimos un guión pensando en los actores que iban a interpretar estos roles… y todos, en realidad. Primero seleccionamos el casting y después escribimos la película. Teníamos un perfil de los personajes; pero cuando tuvimos rostros concretos y espacios concretos, comenzamos a construirlos en el guion. 

Incluso los diálogos de la película estaban escritos de antemano, “pero nuestra metodología nos llevó a llegar a ellos a partir de una improvisación guiada. Los actores no leyeron el texto, por lo tanto, todo lo que decían se debía a la circunstancia concreta que creábamos en el set, hasta finalmente lograr diálogos muy naturales, muy similares a los que estaban escritos previamente”.

–Como realizadores, ¿qué experiencia les ha aportado esta cinta?

–Mucha, sobre todo en lo relacionado al trabajo actoral. Estamos muy contentos con lo que logramos desde el punto de vista de la verosimilitud. Fue un trabajo muy arduo, de mucho tiempo, ya que al decidir no usar el guion de manera literal, sino intentar llegar a él a partir de improvisaciones guiadas, todo fue muy vertiginoso en el set, pero muy estimulante. Era como desatar la locura y después intentar contenerla. 

–¿Qué tan problemático resulta filmar en Chile?

–Es complicado, probablemente como en muchos países de Latinoamérica, los fondos concursables existen y son un aporte; pero por supuesto se produce mucho más de lo que logra ser financiado. Nosotros hemos tenido la suerte de realizar nuestras películas contando con fondos, aunque a veces hemos debido recurrir a estrategias diversas para lograr sortear el cerco que impone la competencia. 

–¿Qué apoyos del gobierno chileno hay para el cine?

–Existen fondos concursables para financiar todas las etapas de un proyecto, desde el desarrollo hasta la distribución. Y como en todas partes son acotados y muy competitivos.

–¿Qué tanto se ve el cine chileno en Chile?

–¡Uf!… Eso es lo más difícil y en lo que más creo que se debe trabajar conjuntamente. Me atrevería a decir que muy poco. Consideramos que existe diversidad de propuestas en Chile, por lo tanto, ése no es el problema. El público está de alguna forma colonizado por un imaginario muy televisivo y las películas que más se ven son brazos de ese imaginario, continuaciones que reafirman y fortalecen esa forma de cultura de la entretención. 

“Me parece lamentable. Pero pensamos que eso se debe trabajar desde la educación, desde la escuela, y no me queda demasiado claro que exista voluntad política para eso, lo que es contradictorio. Por una parte, contar fondos para desarrollar el cine, y por otra, mantener una audiencia que tristemente no se caracteriza por ser muy culta.”

De hecho, expone que “hace poco circulaban cifras mostrando que tenemos una enorme cantidad de estudiantes que no comprenden lo que leen, para mí eso explica algo del problema. Los sectores con mejor educación son los que más van a las salas de cine a ver películas chilenas; pero claro, es un sector muy reducido de la población”.

–¿Hay algún movimiento cinematográfico en este momento en Chile?

–No creo que haya un movimiento, no como lo que existió en los años sesenta. El cine refleja la cultura actual, es individualista. Cada quien hace lo que quiere y puede. 

–¿A qué cineastas chilenos admira usted?

–Admiramos a muchos, principalmente varios documentalistas: Ignacio Agüero, Bettina Perut e Iván Osnovikoff; también a Carmen Castillo y Marcela Said. Los realizadores que efectuaron cine en los sesenta como Raúl Ruiz y Patricio Kaulen, nos gustan algunas películas de Alejandro Jodorowsky. En relación a las películas de ficción somos más críticos; pero hay realizadores que nos interesan mucho, por ejemplo, Carolina Adriazola y José Luis Sepúlveda. 

–Según su visión, ¿qué lugar ocupa el cine chileno en el extranjero?

–Un lugar interesante. Creo que existe interés por conocer lo que se hace en estas tierras.

Le parece importante que el FICG le haya brindado un espacio especial a cinematografía de su país, “principalmente pensando en las enormes similitudes entre ambas culturas, la mexicana y la chilena. Es genial estar en contacto y propiciar el diálogo”.

Juan de Dios Larraín

El papel de los productores y las oportunidades que surgen al llevar la producción cinematográfica a un nivel internacional, fueron algunos de los puntos destacados en la master class que impartió Juan de Dios Larraín, productor chileno con más de 20 títulos y ganador del Óscar por Una mujer fantástica. Manifestó:

 “La experiencia es el enemigo de la innovación, pues te puede llevar a una zona de confort y de flojera, y hay que desafiar a la experiencia.”

 Su rol como productor, definió, “es poder construir sueños individuales o de los creadores, para volverlos sueños colectivos, que sean el esfuerzo de un equipo completo, esto es una implicación generosa por ambos lados”. Abogado de profesión, mencionó que apostar por la industria estadounidense ha sido clave para que el cine de su país y de Latinoamérica se abra camino en todo el mundo:

 “Con la película de No, de su hermano Pablo Larraín, protagonizada por Gael García Bernal, nos metimos en la selva de Los Ángeles y nos dimos cuenta que éramos pocos latinoamericanos. Que nos íbamos más a Europa, y yo dejé de ir a Europa por la sencilla razón de que las posibilidades de financiamiento eran más grandes; pero trabajar en inglés nos abre un montón de oportunidades.”

Cabe recordar que él produjo la película Los 33: una historia de esperanza, dirigida por la mexicana Patricia Riggen, con Antonio Banderas, Juliette Binoche y Rodrigo Santoro. Larraín aseguró que en el inicio tuvieron que luchar con la falta de fondos por parte del gobierno de su país para sacar adelante buenos proyectos como Tony Manero (2008), la cinta que obtuvo varios premios y estuvo en la sección oficial de festivales como el de Cannes. Su productora ha recibido financiamiento para los proyectos con “una vocación más artística”. Explicó:

“En Chile es muy difícil que a una ópera prima le den un fondo, es una montaña enorme que hay que cruzar, creo que esa es la gran deuda de la industria chilena, y con la distribución hay otra.”

También en el marco del FICG se anunciaron los ganadores del 15 Encuentro de Coproducción, que busca apoyar proyectos en etapa de desarrollo para arrancar los trabajos. Motín, de la chilena Claudia Huaiquimilla, fue aquí el más galardonado. Se llevó tres de los nueve premios. Y otra producción chilena, Piola, de Alejandro Pérez, arrasó en los galardones de Guadalajara Construye 13.