Le lava la cara a la dictadura

Río de Janeiro.- Desde su toma de protesta el 1 de enero pasado, el presidente brasileño Jair Bolsonaro se envolvió en todo tipo de polémicas, sea por declaraciones desafortunadas, sea por publicaciones en Twitter, sea por decisiones absurdas. Impulsivo e ignorante, se ha ganado ampliamente el apodo de “Trump tropical”.

La última polémica tiene que ver con uno de sus temas favoritos: “la dictadura brasileña”, a la que siempre ha defendido –con todo y sus episodios de tortura– y a la que hoy quiere “rehabilitar”. 

El pasado lunes 25 giró ordenes al Ministerio de Defensa para conmemorar en los cuarteles los 55 años del golpe del 31 de marzo de 1964 que derrocó al presidente izquierdista Joao Goulart y dio inicio a 21 años de dictadura militar. Según la prensa brasileña, fueron los uniformados que participan en su gobierno los que calmaron su ardor y limitaron la conmemoración a los cuarteles. 

En su defensa de la dictadura, Bolsonaro es constante. Al menos desde 2014, cuando era diputado, la festeja cada 31 de marzo, con sus dos hijos parlamentarios, poniendo frente al Parlamento una bandera con la leyenda: “31 marzo 1964: felicidades, militares, gracias a ustedes Brasil no es Cuba”, y publica la foto en Twitter. En esos años pocos tomaban en cuenta sus provocaciones, pero hoy su decisión de hacer una conmemoración oficial toma otra dimensión.

En 2011, la entonces presidente Dilma Rousseff había cancelado toda ceremonia del calendario oficial del Ejército para esa fecha, aunque los militares seguían festejando ese día en sus clubes. 

Rousseff, quien fue presa y torturada por la dictadura, instauró ese año la Comisión Nacional de la Verdad (CNV) para que los historiadores pudieran documentar los crímenes de los militares. Los generales brasileños dejaron el poder en 1985, pero después de la votación de una ley de amnistía que los protegería de cualquier juicio.

La CNV terminó sus trabajos en 2014 y concluyó que las detenciones ilegales, la tortura, las violaciones sexuales, las desapariciones forzadas y las ejecuciones fueron parte de la política del Estado brasileño durante toda la dictadura. Pudieron documentar los casos de 423 opositores desaparecidos y de 377 funcionarios responsables de violaciones a los derechos humanos. En su gran mayoría, los militares negaron los hechos y no participaron en las audiencias públicas. Tampoco se logró abrir los archivos castrenses.

“No hubo juicios ni justicia y tampoco un verdadero trabajo de memoria. Por eso hoy tenemos a un presidente contando absurdos criminales sin que la población se escandalice”, comenta Cecilia Coimbra, de 74 años, presidenta de la ONG Tortura Nunca Más y expresa política de la dictadura. 

Una parte de la sociedad brasileña se indignó con el anuncio de la conmemoración: el Ministerio Público pidió cancelar cualquier acto en los cuarteles, los hijos de los desaparecidos por la dictadura pidieron que la Corte Suprema tome cartas en el asunto y están previstas manifestaciones de repudio para este domingo 31. 

Pero también ha sido una oportunidad para el crecimiento en Brasil de un revisionismo histórico sobre ese periodo de la historia. El #64nofuegolpe fue muy compartido en Twitter. 

El miércoles 27, en entrevista con el canal Rede Bandeirantes, Bolsonaro dijo que no hubo dictadura en Brasil, aunque sí “algunos pequeños problemas, como hay en un matrimonio”. 

El Ministerio de Defensa elaboró un texto que será leído este domingo 31 en los cuarteles en el que se asegura que la intervención militar era legal dentro de la Constitución de Brasil de esa época, y que era exigida por una amplia parte de la sociedad. 

En 2016, al votar por el juicio político a la entonces presidente, Bolsonaro había dedicado su voto “a la memoria del coronel Ustra, el terror de Dilma Rousseff”. 

Ustra fue uno de los peores torturadores de la dictadura.