El intelectual imperial

Este asno ha muerto por no haber rebuznado.

Mark Twain

Esta semana me invitaron y luego des-invitaron a un debate en la radio sobre los intelectuales mexicanos. Como me quedé con ánimo de exponer algunos argumentos, opto aquí por entregarlos a una discusión que me parece urgente. 

Cada época tiene sus propios intelectuales y por tanto no sorprende que la nuestra, la cual se pretende nueva, esté urgida por producirlos. 

El Estado imperial tuvo intelectuales imperiales, el Estado republicano, intelectuales republicanos, el Estado socialista, intelectuales socialistas, el Estado liberal, intelectuales liberales. 

A esto justamente se refirió Antonio Gramsci cuando acuñó el término “intelectual orgánico.” Se trata de aquella persona que cumple una función intelectual para un grupo social organizado, o más precisamente, son aquellos sujetos dedicados a organizar, desde el plano de las ideas, a las comunidades, los estamentos, los pueblos, los partidos, o las naciones.   

Advierte Gramsci que todos los seres humanos somos intelectuales, pero no todos en la sociedad tenemos una función intelectual. No infiere con ello que tal función sea superior, porque proviene de la mera división del trabajo y las tareas. 

También argumenta el teórico italiano que no todos los intelectuales son orgánicos, porque los hay solitarios, profetas desarmados que no dialogan ni median con la sociedad. Anacoretas apartados de su contexto y realidad demográfica. 

Así pues, el intelectual orgánico es aquella persona que ejerce la función de volver inteligible al mundo que le rodea y que tiene como responsabilidad mediar entre un grupo concreto y la comunidad más amplia a la que pertenece. 

Gramsci sugiere que hay intelectuales orgánicos que le sirven al poder –a la sociedad política– y también aquellos cuyo balcón para emprender el diálogo es la sociedad civil. Los primeros merecen desconfianza, porque como sus ancestros, los intelectuales imperiales, suelen creer, con Luis XIV, que ellos son el Estado.

Los lacayos del poder son intelectuales orgánicamente corruptos: cometen asociación delictuosa en contra del tesoro público porque viven de él y amarran su lengua con él, porque luchan desesperadamente por ser consejeros del príncipe, porque no tienen el coraje para decir la verdad y, sobre todo, porque no agregan valor social. 

Los voceros de la sociedad política son repetidores, propagandistas, maquiladores del lugar común. Son los gritones condescendientes de las pasiones más bajas; viven desinteresados del rigor, la responsabilidad y las consecuencias de sus actos.

El intelectual imperial es un verdadero peligro cuando las épocas mudan de vestimenta. Nuevamente en términos de Gramsci, entre un bloque histórico y otro, cabe temer que los más cínicos luzcan su peor oportunismo: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”. 

Esos monstruos de nuestro tránsito civilizatorio tienen otras características que habrían ruborizado al viejo Gramsci: de día cobran como asesores del gobierno y de tarde cobran como periodistas libérrimos; suelen silenciar a sus adversarios a partir de estigmas arbitrarios, en vez de rebatir con razonamientos; no han escrito más de un panfleto y sin embargo se creen intelectuales porque azuzan con su demagogia en las redes sociales; se inventan adversarios porque quieren ser el hijo predilecto del ogro filantrópico –como llamó Octavio Paz al Estado que alimenta a los vividores del erario. 

Debe temerse a esos monstruos orgánicos porque son capaces de frivolizarlo todo, de traicionarlo todo, de destruirlo todo. Son cabareteros, vedettes de la lentejuela y el espejo engañador. 

El país no los requiere, ni necesita. El país está urgido de mediadores, de personas leales con sus semejantes, intelectuales empáticos con la conciliación y la reconciliación, organizadores de una mejor comunidad, igualadores de la deliberación, sujetos capaces de hablarle, con sinceridad y al tú por tú, a todas aquellas personas sin importar su función, su color, su edad, su clase, su origen, su sexo o su ideología. 

Si la cuarta transformación resulta posible será, entre otros motivos, porque genuinos intelectuales orgánicos habrán sabido romper con la tradición imperial de sus predecesores.