Y el espaldarazo de Trump

Benjamín Netanyahu ha demostrado una gran capacidad de utilizar el poder de Israel para ganarle espacios a su agenda ultraderechista: estableció alianzas informales con enemigos de siempre, como Arabia Saudita y Egipto; consiguió el apoyo de varios gobiernos latinoamericanos; fortaleció nexos con India y otros países asiáticos; y por si fuera poco, sumó a los presidentes de Rusia y Brasil como promotores de su campaña.

En el nivel de sus ambiciones individuales, sin embargo, nada de esto le resulta tan útil como el militante número uno de su empeño electoral, Donald Trump. No hace falta que el presidente estadunidense acuda a los mítines para hacer sentir la magnitud de su aporte: los obsequios que le ha dado a su candidato son tan invaluables, tan extraordinarios, que torpedean la estabilidad, la paz y la legalidad internacionales.

El último de ellos fue el reconocimiento oficial de su país a la anexión del Golán por parte de Israel, en violación de tres resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y de la propia Carta de la ONU que, en un intento de terminar con las guerras de conquista prohíbe el despojo territorial de un Estado a otro. 

No sólo rompe así un principio básico de la legalidad internacional: sienta un precedente que puede pesar en otros delicados conflictos, incluidos algunos que van directamente contra los intereses de Washington.

La guerra de 1967 transformó el rol de Israel en el escenario global, al pasar de país bajo asedio a potencia ocupante. Tomó Cisjordania y la franja de Gaza (ambos territorios son hoy considerados la base de un futuro Estado palestino) de Jordania y Egipto, respectivamente; y a Siria le arrebató la región conocida como Altos del Golán.

El Consejo de Seguridad de la ONU ha exigido tres veces la devolución del territorio a Siria. La última de ellas, la 497, en 1981, después de que Israel aprobó una ley de anexión. 

Durante 28 años ningún país reconoció la soberanía israelí sobre el Golán, hasta el 25 de marzo pasado, cuando Trump firmó una proclamación en sentido contrario. Dos días después, en una sesión urgente del Consejo de Seguridad solicitada por Siria, Estados Unidos fue vapuleado por los otros 14 miembros: “Esta acción unilateral no ayuda a encontrar una solución de largo plazo para el conflicto en Medio Oriente”, advirtió el embajador sudafricano Jerry Matjila.

El capítulo primero de la Carta de las Naciones Unidas reza: “Todos los miembros deberán abstenerse en sus relaciones internacionales de la amenaza o uso de la fuerza contra la integridad territorial o la independencia de cualquier Estado”. La contundencia de esta legislación, creada en 1945 tras el fin de la Segunda Guerra Mundial, está dirigida a eliminar la principal causa de los conflictos armados: la adquisición de territorio.

Si se consolidara la anexión del Golán, los sectores de la ultraderecha israelí que demandan proceder de igual manera en Gaza y Cisjordania quedarán fortalecidos.

Disidencia judía

Aunque no es tan fácil: el rechazo terminante de los 14 miembros del Consejo de Seguridad y la soledad en la que, en este tema, quedó Estados Unidos en aquel órgano, dejan claro que la voluntad internacional es no abrirle resquicios a este ataque contra la estabilidad. El gesto de la Casa Blanca es más bien simbólico, y llegó justo a tiempo para darle impulso a la campaña de Netanyahu, dos semanas antes de las elecciones legislativas.

El vital apoyo estadunidense tiene muchos motivos: ha sido uno de los ejes de su política para Medio Oriente desde los sesenta; el voto de la diáspora judía es significativo en áreas clave como Nueva York; hay grandes donantes de origen judío que se disputan demócratas y republicanos; y el llamado “lobby judío”, del que forman parte organizaciones tanto conservadoras como progresistas es muy influyente en el Congreso.

Los recursos provenientes de la comunidad judía o de simpatizantes de Israel son una fuente de financiamiento muy buscada por los políticos. El matrimonio de Sheldon y Miriam Adelson ha contribuido con 50 millones de dólares para candidatos republicanos, sólo en la campaña electoral de 2018.

Pero la distinción entre judíos y simpatizantes de Israel (como lo es el electorado cristiano evangélico, sólida base popular de Trump) es oportuna, especialmente en esta época, porque el extremismo de una década de gobierno de Netanyahu ha generado una disidencia abierta y creciente entre los judíos estadunidenses. 

Trump es inmensamente popular en Israel. En la Casa Blanca, sin embargo, según reporta el portal The Hill, abundan las quejas porque los obsequios del presidente republicano a su amigo israelí no se traducen en un mayor apoyo judío en casa. 

De hecho, disminuye. Aunque las críticas del sector progresista judío se asumen, porque se dan por descontadas, en el otoño pasado hubo defecciones sonoras y dolorosas como las de los multimillonarios judíos Leslie Wexner (dueño de Victoria’s Secret y de Bath & Body Works) y Seth Klarman (de Baupost Group).

“Estoy harto del Partido Republicano”, declaró Wexner en un acto público, respecto a la simpatía que mostró Trump hacia los supremacistas blancos que protagonizaron los motines de Charleston en 2017. “Tengo que hacer algo, porque el líder de nuestro país se está portando muy mal”. 

En tanto que Klarman, en entrevista con el New York Times, consideró que los republicanos “carecen de agallas” para resistir ante Trump, y adelantó donaciones millonarias para el Partido Demócrata, porque “tenemos que voltear al Congreso para que les ponga límites a Trump y su presidencia de escapada”.