“Las niñas bien”

De pulso firme, la dirección de Alejandra Márquez Abella, autora también del guion, supo ajustar a los personajes del libro de la colección de artículos e historias de Guadalupe Loaeza (1985) dentro de una buena comedia, nada banal, sobre la banalidad de una clase que vive a expensas de sus privilegios políticos; el riesgo de la sátira social de Las niñas bien (México, 2018) corre el riesgo de dejar satisfecho a su público nomás de ver cómo los ricos también sufren y se sienten humillados cuando les pega una crisis económica.

Sofía (impecable Ilse Salas, como sus peinados y vestidos) comienza a resentir el impacto de la crisis de 1982, cuando sus tarjetas de crédito ya no pasan y las cuentas no ajustan para pagar al equipo de sirvientes que limpian la casa de Las Lomas y cuidan a sus hijos, mientras ella presume con sus amigas jugando tenis. Sigue la humillación de cortes de agua, la inexorable caída de estatus dentro del círculo de amigas que lideraba, y hasta la inclusión de Ana (Paulina Gaitán), nueva rica y posible heredera de la corona.

Esa crisis económica, ocurrida durante la desastrosa presidencia de López Portillo, muestra obvios paralelos con crisis recientes en México, aunque poco se explora de la capacidad de adaptación y supervivencia de esa forma de vida que sólo existe con base a apariencias; además, el hecho de que la caída económica no sea en la pobreza, sino apenas en una forma de clase media, funciona como mecanismo regulador, tranquilizador para una parte del público.

Ser niña bien, o provenir de buena familia venida a menos, es un tropo de melodrama en el cine mexicano; la realizadora Márquez Abella es consciente de ello y mantiene la distancia necesaria frente a la burbuja donde viven esas mujeres que solo compran su ropa en boutiques de Nueva York, o reciben un carro último modelo color champán. Como buena niña bien, Sofía, al igual que su mejor amiga (Cassandra Ciangherotti), vive excluida del juego serio de los patriarcas, y apenas resiente el impacto en el desempeño sexual de Fernando (Flavio Medina), su marido banquero, sin descubrir la ecuación entre poder y sexo.

Aunque las escamas de los ojos tendrán que caérsele (por lo menos), Sofía se haya lejos de ser una heroína de Ibsen tratando de escapar de su casa de muñecas; esta Nora de las Lomas no se queja de vivir en una jaula de oro, y menos piensa en sacrificarse por amor a su marido. Márquez Abella entiende que la cárcel de esta señora rica es su apetito insaciable por presumir: La voz en off es el monitor de la mente de Sofía; sus fantasías de más lujos coronados por la imposible presencia de un Julio Iglesias, prototipo del galán ochentero de la revista Hola, funcionarían como posible curación si tan solo cayera en cuenta de su abismo de soledad e insatisfacción.

Si los personajes de Las niñas bien provocan angustia es precisamente porque su falta de angustia se disfraza del miedo a perder el estatus de meras apariencias. En este nivel literal, la película sólo funciona como fábula moral y a nadie le preocupa la suerte de Sofía y de su marido, porque bien que se lo merecían. 

La falta de autenticidad puede cubrirse de joyas, coches, modelitos y peinados, no es difícil verlo para que de verdad dé escalofrío; el trabajo es descubrirla en sus nuevas modalidades en redes, selfies y “memes” que construyen y viven identidades falsas, o las destruyen en minutos.