Olinka: La Ciudad Ideal del Dr. Atl

Desde su primer viaje a París, el Dr. Atl (Gerardo Murillo) empezó a tejer una idea insólita: la creación de una Ciudad Internacional de las Artes; idea que lo acompañó toda su vida, sin llegar nunca a construirse.

Este gran proyecto nos devela el universo creativo de este personaje tan complejo y persistente. A su regreso a México, que empezaba a despertar después de la Revolución, surgieron propuestas que fueron vislumbrando la modernidad. De manera general, el proyecto de Murillo fue transformándose con los años y adecuándose a los diferentes espacios y necesidades; básicamente lo planteaba así el artista:

La ciudad seria erigida en una zona que ofrezca las condiciones necesarias para su pleno desenvolvimiento y sus múltiples funciones: vastos espacios, excelente clima, abundancia de agua, grandes bosques, magnificos paisajes.

Estará planeada en tal forma que permita su constante transformación. La evolución humana se verifica ahora en proporciones geométricas y los problemas que ella ofrece son de día en día más complicados y grandiosos. Si todavía no se puede producir un más amplio desenvolvimiento de la inteligencia es porque está rodeada de dificultades.

La Ciudad Ideal constará de los edificios dedicados a las investigaciones científicas de toda especie, a las letras y a las artes. Contendrá grandes salas de conferencias, observatorios astronómicos centralizados y se construirán edificios para los nuevos experimentos: las habitaciones para los investigadores y el cuerpo de ayudantes, para la servidumbre etc. Hotel, lugares de recreo, etc.

Proponía la creación de un consejo de administración y de concentración de personas y aportaciones que todo el mundo haría al proyecto, y consideraba este factor un asunto que se iría pagando por el interés mundial de la empresa.

En México logró reunir a una serie de personajes de la cultura como Carlos Lazo, Carlos Obregón Santacilia, Enrique de la Mora, Clemente Robles, Marte R. Gómez, Jorge L. Tamayo, Luis Enrique Erro, Guillermo Haro, Enrique González Camarena, Carlos Pellicer, Lola Álvarez Bravo y Pita Amor, entre otros.

El Colegio Nacional acaba de editar el libro Olinka. La Ciudad Ideal del Dr. Atl, detallada y larga investigación de Cuauhtémoc Medina en 261 páginas que incluyen amplia bibliografía y 16 figuras y planos originales.

El historiador y curador escribe que la ciudad “no se alzó más allá de la tinta sobre el papel, la crónica de un fracaso”, e inicia así el ensayo ágil a partir de una información hemerográfica y de archivos. La insólita historia que seduce al lector desde un principio es la creación de Olinka, a través de la cual se podría conquistar el universo:

“Durante varias décadas (…), uno de los mayores pintores de  México en el siglo XX, trató de fundar una ciudad para refugiar ahí a los artistas, los sabios y los científicos con la finalidad de que pudieran proseguir sus tareas sin interferencias: sin los estorbos de la política, de las necesidades prácticas o de las preocupaciones del hombre corriente. Aquella fue una quimera que llamó la atención de muy pocos y que hoy día sólo se recuerda como una más de las extravagancias de un hombre pintoresco.”   

Medina, que comenzó su estudio en 1991 –y que incluye entrevistas con el biógrafo oficial de Atl, Antonio Luna Arroyo, y con el arquitecto Jacobo Königsberg, con quien el artista compartió su proyecto–, subraya que estamos frente a “la historia de un personaje que devora al hombre, es decir, la leyenda que sobrepasa la obra”.

Olinka fue iniciado por Murillo en 1952 cuando se encontraba viviendo en París –becado por Porfirio Díaz– con el grupo Action d´Art, considerado como “un grupúsculo atomizado de la agitación cultural parisina de inicios del siglo XX”.

Deduce el historiador que para Atl este espacio ideal se empareja con su simpatía por el nazismo que lo hizo concebir para una especie de súper-hombre capaz de vislumbrar un futuro fuera del espacio.

La investigación registra todos los lugares donde parecía se podía construir esta Ciudad: las lagunas de  Montebello en Chiapas (1952), el valle de Pihuamo en Jalisco (1953), la cuenca de Cupatitzio en Michoacán, los alrededores de San Juan del Río en Querétaro, así como entre los dos volcanes del Valle de México, y finalmente en 1954 en la sierra Santa Catarina, a 16  kilómetros al sureste de la capital del país, al igual que en 1955 en Tepoztlán, Morelos, y en 1959, unido a Jacobo Königsbrg, pensando en Guanajuato, en 1960 el Cráter de la Caldera, y finalmente en el Cerro de la Estrella…

Medina asienta:

“Su Ciudad Ideal, su gran empresa de conquistar al hombre en el Olimpo, su método de ciencia alucinada, su personalidad, su hedonismo y egoísmo son los recursos de un hombre que atisbaba una orilla vacía. Había probado el sabor de la nada, gustado de la destrucción. Entonces decidió construir sobre la nada.”