“El amor distante”, estreno en América Latina

Estrenada en el Festival de Salzburgo del año 2000, la ópera El amor distante (L’Amour de Loin en el francés original) de la finlandesa Kaija Saariaho llegó a nuestras costas, y correspondió a México la responsabilidad de estrenarla en América Latina, lo que ocurrió el 31 de marzo en Bellas Artes, por supuesto.

La trama es en realidad sencilla aunque bucólica y poética. Jaufré Rudel, trovador medieval, se encuentra en una encrucijada de su vida pensando en que ésta no tiene mayor sentido y, por lo tanto, futuro, por lo que, muy quijotescamente, imagina a la amante ideal, por supuesto inexistente.

Sin embargo, un peregrino lo desengaña haciéndole saber que se trata de la condesa de Trípoli, Clémence. El trovador, idealizando hasta la locura a la mujer amada que no conoce, se propone realizar el largo viaje que lo llevará hasta ella, pero por diversas razones este viaje se dilata. Clémence a su vez se ha enterado de la devoción que el trovador le guarda y, cayendo en la misma locura, se enamora perdidamente. Gravemente enfermo, Jaufré finalmente realiza el viaje, conoce a su amada y muere en sus brazos. Tan tan.

Musical y teatralmente el libreto en francés de Amín Maalouf es tratado tan similarmente a Tristán e Isolda, que las reminiscencias wagnerianas despuntan de inmediato, así como también las referencias a Olivier Messiaen quien, confiesa la propia Kaija Saariaho, la empujó a abordar el género operístico, decisión que tomó después de presenciar una función de San Francisco de Asís del compositor francés. Más que una ópera, opinó alguien, estamos frente a un oratorio, ya que escénicamente poco se puede hacer con el texto. Texto anticlimático que, concluidas las pequeñas acciones y muerto Jaufré, ya no tiene justificación escénica para que Clémence siga por largos minutos en el foro, cancelando todo el efecto que pudiera haber producido la muerte del trovador.

Originalmente dividida en cinco actos, Mauricio García Lozano, director de escena, optó por reunir los tres primeros en una sola jornada y los otros dos en una segunda, ésta bastante mejor, con un total de unas tres horas de duración. Su puesta en escena, sencilla en su concepción y realización, es sin embargo plena de imaginación y estupenda en el manejo tecnológico. Eso lo crea con una muy, muy buena y diferente escenografía que, unida al vestuario, soportan la inacción y larga duración envueltas en buena música.

Vocalmente todo fue atinado en general. De clara y expresiva voz, el tenor finés Jaakko Kortekangas presentó un Jaufré Rudel sinceramente atormentado, con los matices emocionales que deben “verse” no en lo que el texto dice sino en cómo se dice. No fue extraordinario Kortekangas, pero si un digno intérprete de una función de estreno. De iguales méritos gozó la soprano polaca Agnieszka Stawinska, quien dio vida a Clémence, dubitativa inicialmente pero enfebrecida al final cuando, joven aún, decide encerrarse en un convento después de la muerte de su amado.

Mención especial merece la única mexicana del trío, Carla López-Speziale, mezzosoprano encargada de El Peregrino, a quien teníamos tiempo de no ver, y que con este difícil personaje que desarrolló muy bien vuelve a Bellas Arte en donde deberá tener una presencia más continua.

Bien el coro –que no aparece en escena–, dirigido en esta ocasión por la estadunidense Cara Tasher.